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Centenario de la Revolución Rusa

Cuando Lenin cruzó una Europa en guerra para iniciar la Revolución de Octubre

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TOMADO DE "CANDELA"

 
 
 

La revolución de febrero de 1917

La revolución de febrero de 1917 - © Sputnik/ 

Manifestación de soldados durante la revolución de febrero de 1917

Manifestación de soldados durante la revolución de febrero de 1917 - © Sputnik/

 

Cuando Lenin cruzó una Europa en guerra para iniciar la Revolución de Octubre

 

El 16 de abril de 1917, hace justo cien años, el líder bolchevique llegó a la estación Finlandia, en Petrogrado (hoy San Petersburgo), después de vivir la Revolución de febrero y la abdicación del zar desde el exilio en Suiza.

 

Miles de personas se concentran junto a la estatua de Lenin en la estación Finlandia de San Petersburgo. - AFP

Miles de personas se concentran junto a la estatua de Lenin en la estación Finlandia de San Petersburgo.

 

 

SAN PETERSBURGO

La Revolución de febrero y la abdicación del zar Nicolás II sorprendieron a Lenin en el exilio en Suiza. Las celebraciones, sin embargo, no duraron demasiado: para Lenin, observar estos acontecimientos desde la distancia no era una opción. Aunque decidido a regresar a Petrogrado, la travesía en una Europa en guerra distaba de estar exenta de complicaciones. Francia, aliada de Rusia en la Primera Guerra Mundial, denegó como el resto de países de la Entente la autorización, y una travesía por el Mediterráneo para entrar en Rusia por el sur quedaba descartada por ser demasiado larga y peligrosa.

Uno tras otro –disfraces, pasaportes falsos o extranjeros, cruzar ilegalmente todas las fronteras–, todos los planes para llegar hasta Petrogrado se fueron abandonando. Aunque el tren que lo llevaría a él y otros disidentes políticos hasta Rusia es lo más recordado de este episodio de la revolución, cómo se llegó a esta particular solución resulta no obstante una historia mucho más interesante y que no desmerecería figurar en una novela o película de espías.

Para Lenin, observar  los acontecimientos  de la Revolución rusa desde la distancia no era una opción

El socialdemócrata alemán Alexander Parvus, un personaje controvertido y con numerosos, y en ocasiones turbios, contactos –motivo por el cual Lenin siempre mantuvo una prudente distancia–, sirvió de enlace con el embajador alemán en el Imperio otomano, Hans Freiherr von Wangenheim, quien consiguió la autorización de Berlín y facilitó los recursos para la operación. Lo que siguió fue una suerte de desafío soterrado entre Lenin y von Wagenheim por ver quién conseguía superar en astucia al otro y aprovecharse de él: mientras el embajador alemán veía en los bolcheviques un instrumento con el que desencadenar el desconcierto en Rusia, y evitar así que el nuevo Gobierno Provisional mantuviese sus compromisos bélicos con los aliados obligando a Alemania a seguir combatiendo simultáneamente en dos frentes, Lenin, por su parte, consideraba la ayuda alemana como un medio para sus propios fines, que eran la revolución socialista en Rusia y su propagación al resto del continente y del mundo.

Por pertenecer a un país neutral, los socialistas suizos fueron los encargados de mediar en las negociaciones entre los bolcheviques y los alemanes, que finalizaron el 4 de abril. El secretario general del Partido Socialista suizo, Fritz Platten, asumió la plena responsabilidad de la operación, que, a insistencia de Lenin, habría de realizarse con discreción. Con todo, los bolcheviques no pudieron evitar pese a todas sus precauciones la acusación de ser agentes del káiser.

Uno tras otro, disfraces, pasaportes falsos... todos los planes para llegar hasta Petrogrado se fueron abandonando

El 9 de abril de 1917, a las 15:10 horas, los 32 exiliados rusos subieron a un tren en Zúrich. A pesar de los intentos de los bolcheviques, en la estación les aguardaba ya un grupo de airados emigrantes rusos, a cuyos insultos los viajeros respondieron cantando La Internacional y La Marsellesa. El tren les condujo hasta el municipio fronterizo de Gottmadingen, donde les esperaba el célebre tren alemán y dos oficiales del país con conocimientos de ruso. Lenin exigió que al tren se le asignase el estatus de extraterritorial –los guardias alemanes no podrían tener acceso a los documentos ni al equipaje de los viajeros– y que nadie pudiese entrar en él una vez comenzase el trayecto (de ahí la leyenda del tren “blindado”).

Desde el sur, el tren cruzaría todo el país hasta llegar a Sassnitz, en el norte de Alemania. Allí tomaron un ferry que los llevó hasta Trelleborg, en Suecia. El 13 de abril los bolcheviques rusos se desplazaron hasta Estocolmo, donde fueron recibidos por simpatizantes locales. El viaje continuaría poco después hasta Harapanda, desde donde cruzaron la frontera con Finlandia e hicieron escala en Tornio y Helsinki antes de tomar el tren definitivo a Petrogrado. Allí el clima político no parecía jugar a su favor. Según un testimonio, durante el receso de una sesión del Gobierno Provisional en marzo, Aleksandr Kerenski –el futuro primer ministro de Rusia, entonces ministro de Justicia– dijo en broma: “Espere, Lenin está de camino, entonces comenzará todo en serio”. El comentario fue recogido con risas.


 

Manifestación de miembros del Partido Comunista ruso en 2013 en el centro de San Petersburgo. - AFP

Manifestación de miembros del Partido Comunista ruso en 2013 en el centro de San Petersburgo. - AFP

 

 

Lenin llega a Petrogrado

El 16 de abril llegaba a la estación Finlandia, procedente de Helsinki, el vapor H2-293 de fabricación estadounidense. Hasta aquella fecha el Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia bolchevique (POSDR-b) –más conocido simplemente como Partido bolchevique– , como el resto de partidos demócratas y socialistas, había apoyado con más o menos reservas al Gobierno Provisional: de los 400 diputados del Soviet de Petrogrado, por ejemplo, sólo 19 votaron en contra de la transferencia de poder al Gobierno Provisional. “El problema fundamental es establecer una república democrática”, escribía el diario Pravda en su primer número. “El proletariado busca conseguir libertad para la lucha por el socialismo, su meta última”, afirmaba, por su parte, el Soviet de Moscú.

“Lenin entró, o más bien corrió hasta la 'sala del zar' con su gorra, las mejillas tersas por el frío y un lujoso ramo de flores en sus brazos”, escribe Sujánov

Los socialistas se atenían con ello a la hoja de ruta establecida por el marxismo ortodoxo de la Segunda Internacional, desarrollada a partir de una versión escolástica de los escritos de Marx y Engels según la cual el desarrollo capitalista era imprescindible para sentar las bases del socialismo. En los consejos de obreros y soldados el sentimiento era muy diferente, y la demanda a transferir todo el poder a los soviets, mayoritaria. El comité del barrio de Vyborg, por ejemplo, llegó a imprimir carteles con este llamamiento, un eslógan –“todo el poder a los soviets”– que después se haría mundialmente famoso.

El economista marxista Nikolái Sujánov nos ha legado una viva descripción –que Trotsky recoge en su Historia de la Revolución rusa– de la llegada de Lenin a Petrogrado. Una comitiva institucional aguardaba al dirigente bolchevique en la estación para entregarle un ramo de flores y recibirlo con honores, pero también desconfianza. “Lenin entró, o más bien corrió hasta la 'sala del zar' con su gorra, las mejillas tersas por el frío y un lujoso ramo de flores en sus brazos”, escribe Sujánov.

“Corriendo hasta el centro de la sala, se detuvo frente a [el presidente del Soviet de Petrogrado, Nikolái] Chjeidze como si hubiera encontrado un obstáculo completamente inesperado. Allí, Chjeidze, sin abandonar su apariencia melancólica, pronunció el siguiente 'discurso de gratitud' cuidadosamente, preservando no sólo el espíritu y la voz de un instructor moral: 'Camarada Lenin, en nombre del Soviet de Petrogrado y de la revolución toda, le doy la bienvenida a Rusia… pero consideramos que la principal tarea de la democracia revolucionaria ahora es defender nuestra revolución contra todo tipo de ataques, de dentro y de fuera… Esperamos que se una a nosotros en la consecución de este fin.' […]"

Lenin: "La hora no está lejos de que el pueblo apunte sus armas contra sus explotadores capitalistas"

Sujánov prosigue: "Lenin, según parece, sabía bien como lidiar con ello. Se mantuvo de pie observando, como si lo que estaba sucediendo no fuese con él, su mirada recorrió la sala, miró al público que le rodeaba e incluso examinó el techo de la 'sala del zar' mientras reordenaba el ramo de flores (que apenas armonizaba con su figura) y, finalmente, alejándose de los delegados del Comité Ejecutivo, 'respondió': 'Estimados camaradas, soldados, marinos y trabajadores, estoy contento de poder saludaros en la victoriosa revolución rusa, de saludaros como la vanguardia del ejército proletario internacional… la hora no está lejos, como nos recuerda nuestro camarada Karl Liebknecht, de que el pueblo apunte sus armas contra sus explotadores capitalistas… La revolución rusa que habéis conseguido ha abierto una nueva época".

El discurso de Lenin entusiasmó tanto a los soldados presentes que éstos pidieron que les acompañase al exterior para dirigirse desde uno de los vehículos blindados a una manifestación que había frente a la estación. “La noche entrante hizo la procesión especialmente impresionante”, escribe Sujánov. “Habiéndose apagado las luces de los blindados restantes, el penetrante rayo de luz del proyector del vehículo sobre el que Lenin se encontraba apuñalaba la noche. Y recortaba, en la oscuridad de las calles, a los grupos de excitados obreros, soldados y marinos, los mismos que habían conseguido la gran revolución y luego dejado que el poder se les escurriera entre los dedos. La banda de música dejó de tocar para permitir a Lenin repetir o variar su discurso ante la llegada de nuevos oyentes".

 

 

Agujero en la estatua de Lenin tras el atentado en 2009. - AFP

 

 

Frente a la estación, hoy reformada, se alza todavía un monumento soviético que recuerda aquel momento, y que en 2009 fue víctima de un atentado por parte de desconocidos, probablemente militantes de ultraderecha, que colocaron en el pedestal un explosivo que al detonar causó ligeros desperfectos en la estatua de bronce (concretamente un agujero de entre 80 y 100 centímetros en el abrigo de la figura de Lenin).

Desde la estación Finlandia, la comitiva se trasladó hasta la mansión Brandt –popularmente conocida como “el palacio de Kschessinska” debido a que en ella vivió la bailarina Mathilde Kschessinska, amante del zar Nicolás II–, que funcionaba como cuartel general de los bolcheviques luego de haberla requisado. “Nunca olvidaré aquel discurso atronador, sobrecogedor y asombroso no sólo para mí, un hereje que había entrado por accidente, sino para los creyentes, para todos ellos”, recuerda Sujánov. “Afirmo que nadie allí –continúa– había esperado algo parecido. Parecía como si los elementos y el espíritu de la destrucción universal hubiesen emergido de sus mazmorras, no conociendo obstáculo ni duda, ni dificultad personal o consideración personal, para sobrevolar la sala de banquetes del palacio de Kschessinska sobre las cabezas de los embrujados discípulos.”

Al día siguiente Lenin presentaría al partido un resumen de su discurso, conocido como las Tesis de abril, considerado ampliamente como uno de los documentos más importantes de la revolución, el que empujó a los trabajadores, soldados y marinos a cruzar el Rubicón. 


 

Las tesis de abril

'Las tareas del proletariado para la presente revolución', que es el título oficial de las Tesis de abril, apareció en el diario Pravdael 20 de abril (7 de abril según el antiguo calendario juliano), y en él Lenin criticaba la política del Gobierno Provisional de mantener la guerra y no señalar un plazo para la convocatoria de una Asamblea Constituyente, y pedía retirarle todo apoyo.

“La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”, sostenía Lenin. E inmediatamente llamaba a sus camaradas a intensificar la labor de propaganda con un programa sencillo y claro:

Las Tesis de abril es considerado como uno de los documentos más importantes de la revolución

“Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria 'exigencia' de que deje de ser imperialista. […] Explicar a las masas que los soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas. [… ] No una república parlamentaria -volver a ella desde los soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás- sino una república de los soviets de diputados obreros y campesinos en todo el país”.

Entre las medidas a implantar por este futuro gobierno de consejos, Lenin mencionaba, entre otras, limitar la remuneración de los funcionarios públicos al salario medio de un obrero cualificado y hacerlos revocables en todo momento, nacionalizar las tierras y trasladar la cuestión de la reforma agraria a los consejos de campesinos o la creación de una banca pública nacional.

Las propuestas de Lenin no fueron acogidas con entusiasmo por sus correligionarios. El teórico marxista Gueorgui Plejánov las calificó de “delirantes” e incluso los editores de Pravda afirmaron que “en cuanto al esquema general del camarada Lenin, nos parece inaceptable, pues comienza con la asunción de que la revolución democrático-burguesa ha terminado, y cuenta con una inmediata transformación de esta revolución en una revolución socialista”. El propio Lenin se tomó estas reacciones con filosofía:“El pueblo ruso –dijo– es cien veces más revolucionario que nosotros”. La crisis política estaba abierta y los campos comenzaban a reorganizarse. El tablero para una segunda revolución estaba dispuesto.

 

RUSIA 1917- CENTENARIO DE LA PRIMAVERA ROJA



 

PRIMAVERA ROJA

Nada es real, salvo la revolución
(Lenin, citado por Andrés Rivera en “La revolución es un sueño eterno”)


 

Escribe Pedro Cazes Camarero, especial para purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis

A comienzos del año 1917, lo que por entonces se llamaba La Gran Guerra y que hoy conocemos como Primera Guerra Mundial, andaba por su tercer año. La alianza formada por los imperios prusiano y austríaco peleaba en dos frentes: en occidente, se desangraba en las trincheras luchando contra los ingleses y franceses; por el lado oriental, oscilaban las líneas de combate en la infinitud del imperio del zar ruso. Los germanos se habían metido solitos en ese lío en 1914, convencidos de la omnipotencia de sus fuerzas armadas. Por otro lado, asomaba la posible participación de los Estados Unidos, enfurecidos por el hundimiento del buque Lusitania por un submarino alemán.

En el centro de Europa, en la neutral Suiza, centenares de exiliados políticos procedentes de diversos países estaban entregados a una actividad tan frenética como impotente, aislados por la conflagración de sus respectivas naciones. Entre ellos existía una importante colonia rusa, liderada sin discusión por Vladimir Ilich Ulianov, conocido como Lenin.

 

 

Casa en Zurich donde vivió Lenin

 

 

Encabezaba el ala izquierda del Partido Socialdemócrata Ruso, conocida como bolchevique (mayoría), creada en la escisión de 1903 respecto del ala minoritaria denominada menchevique.

Desde el comienzo de la guerra, en los congresos internacionales de los socialdemócratas celebrados en 1915 y 1916 en las ciudades suizas de Zimmerwald y Kienthal (en los cuales participó nuestro compatriota Manuel Ugarte, como delegado argentino y uruguayo, apoyando la posición bolchevique), Lenin no sólo se manifestó contra la guerra, a la que consideraba un gran negocio de los capitalistas de todas las naciones; también impuso la feroz moción de transformar el conflicto “en una guerra civil europea contra el sistema” que había conducido a semejante carnicería.

La mayoría de los partidos socialistas habían apoyado a las respectivas clases dominantes en esta aventura bélica. Sin embargo, en Alemania los líderes Rosa Luxemburgo y Carlos Liebnecht se hallaban en la cárcel por exigir la paz, y en Francia, Jean Jaures había sido asesinado por fanáticos chauvinistas.

Después de años de sangre y de miseria, todos los pueblos del continente estaban exhaustos y habían empezado a odiar a los dirigentes socialistas como Kautsky y Plejanov, antes muy prestigiosos, que se empecinaban en continuar la guerra.

En la atrasada Rusia, la situación era aún peor; masas incontables estaban sometidas a la miseria para mantener funcionando la máquina bélica. Los obreros industriales, los campesinos  y sus familias sufrían verdadera hambre. Millones de soldados, reclutados a la fuerza, eran conscientes de que eran sacrificados en el altar de las ambiciones territoriales del zar, y de las ganancias de quienes hacían negocios con el conflicto. La ira y la indignación cundía también entre las mujeres, los ancianos y demás población no combatiente. Fue entonces, en febrero del año 1917, bajo la espesa capa de nieve del final del invierno, que la revolución empezó.

El 20 de febrero los obreros de Petrogrado comenzaron una huelga masiva contra las intolerables condiciones de vida, pero las consignas se desplazaron  con rapidez al plano político, exigiendo el final de la guerra y de la autocracia. Pocos días después la huelga se extendió a Moscú y otras grandes ciudades. Los obreros recibieron el apoyo de los soldados, quienes repartieron armas entre los insurgentes.

En el alzamiento ocurrido en 1905, los obreros urbanos habían centralizado la lucha a través de un organismo (insólitamente creado por el propio Zar, a fin de aliviar la presión revolucionaria): el soviet, formado por diputados elegidos por asambleas de fábrica y revocables en todo momento. Barridos los soviets por la represión de 1906, resucitaron doce años después y se multiplicaron velozmente. Esta vez los campesinos y los soldados siguieron aquel ejemplo y los soviets proliferaron en todo el país. En pocos días, el pueblo armado desafió al poder zarista y éste se derrumbó. La cúpula de señores feudales, altos oficiales y magnates percibió el irrevocable fin de la autocracia y colocó en su lugar a un gobierno provisional formado por políticos profesionales procedentes de los partidos supuestamente progresistas, liberales y socialdemócratas, todos favorables a la guerra. Encabezado por el príncipe Lvov, ese gobierno proclamó la intención de conducir al país hacia una democracia parlamentaria.

Los obreros, campesinos y soldados sólo confiaban en sus soviets y el flamante gobierno provisional no estaba en condiciones de disolverlos. El grueso del ejército permanecía en las trincheras combatiendo a los alemanes. La policía resultaba débil y poco fiable. Objetivamente la situación en marzo de 1917 era la existencia de un doble poder: el del gobierno y el de los soviets. Por vez primera, en toda la nación se vivió una libertad completa. Desapareció la censura, la vida política floreció: el periódico bolchevique “Pravda” (La Verdad) se vendía en todas las esquinas, al igual que las publicaciones de las demás organizaciones. Todo el mundo se presentaba a sí mismo como autor y guardián de la revolución, incluyendo a los partidos de la derecha.

 

 

Diario de Zurich

 

 

El gobierno germano, tres años después de su declaración de guerra, percibió rápidamente el dramático viraje de la situación política acaecida en el corazón de su enemigo oriental. Ellos necesitaban desesperadamente liberar sus tropas en el este para enfrentar a los británicos, los franceses y próximamente a los americanos en el frente occidental.

Una solución rápida sería un armisticio con el gobierno provisional ruso, pero éste se empeñaba en continuar la guerra. ¿Cómo reemplazar ese Ejecutivo hostil por otro pacifista? Lenin era el dirigente socialista ruso más prestigioso y había mantenido por años, de manera inclaudicable, su posición contraria a la guerra, pero se encontraba recluido en Suiza. Un nuevo gobierno ruso liderado por él aceptaría sin vacilar un armisticio. En el peor de los casos, su influencia podría paralizar parcial o totalmente la actividad bélica. Pura ganancia para los alemanes.

Cuando éstos llegaron a Suiza con su maquiavélica oferta de autorizar el viaje a Petrogrado de Lenin, éste se encontraba en estado de frenesí. Estaba en general al tanto de los sucesos de febrero, pero su red de contactos con Rusia era débil y poco fiable, y carecía de cualquier método práctico para atravesar Alemania y llegar personalmente allí. En una rápida negociación, aceptó la oferta y un pequeño contingente bolchevique (los mencheviques rehusaron aceptar la invitación) ascendió al tren que los germanos pusieron a su disposición.

• Suiza y Zurich han dado un lugar especial a este acontecimiento histórico que tiene un lugar de privilegio en museos, espacios culturales diversos y la televisión. Entre las actividades, se organizó revivir la salida del mismo tren que llevó a Lenin y a los revolucionarios a Petrogrado, que fue encarnado por actores suizos.  A continuación el momento de la partida:

• Aquí abajo el link de la propia TV Suiza que filmó dentro del tren y a los pasajeros que compraron su pasaje para vivir esa experiencia el 9 de abril. 

http://www.3sat.de/mediathek/?mode=play&obj=65974


El 3 de abril de 1917 (16 del actual calendario), Lenin llegaba a la estación Finlandia del ferrocarril de Petrogrado.

 

Leon Davídovich Bronstein (Trotsky) explica en su “Historia de la Revolución Rusa”:

Para el bolchevismo, los primeros meses de la revolución [de febrero] habían sido un período de desconcierto y vacilación. En el Manifiesto del Comité Central bolchevique, elaborado tras la victoria de la insurrección, leemos que los obreros de los talleres y las fábricas, y asimismo las tropas amotinadas, deberían elegir inmediatamente a sus representantes para el Gobierno Provisional… se comportaron no como representantes de un partido proletario que prepara una lucha independiente por el poder, sino como el ala izquierda de una democracia… [ala izquierda que] pretendía jugar por un tiempo indefinido el papel de leal oposición”.

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Los bolcheviques, como explica Trotsky, se encontraban confundidos, porque desde la época de la gran represión de 1906 venían aplicando una estrategia creada por el propio Lenin. Se basaba en su caracterización de la naturaleza de la revolución en Rusia como antifeudal, democrático-burguesa y a la vez, en su creencia de que la burguesía rusa era demasiado débil para encabezarla. Por lo tanto debería ser reemplazada en la conducción revolucionaria por una alianza de los obreros y los campesinos, que de manera sustitutiva, pusiera en práctica las tareas de la revolución democrático-burguesa.

Esta posición se parecía peligrosamente a la de los mencheviques (quienes directamente pensaban que los obreros y campesinos debían apoyar a los sectores privilegiados no monárquicos en su lucha contra la autocracia zarista), aunque daba más espacio a la acción de los trabajadores.

Trotsky, joven presidente del soviet de Petrogrado en el año 1905, después de la derrota de esa experiencia, desarrolló un enfoque diferente que se hizo célebre con el nombre de “revolución permanente”. El también consideraba a la burguesía rusa como un caso perdido, pero sostenía de manera casi clarividente que en la siguiente oleada revolucionaria, la clase obrera se vería impulsada más allá de la revolución democrático-burguesa: iría hacia la revolución socialista.

Después de la revolución de febrero de 1917, era claro hasta para los ciegos que la situación había cambiado por completo. La estrategia de Lenin de una década atrás ya no podía ser aplicada. El zarismo y la autocracia habían desaparecido, y Lenin, un poco forzadamente, declaró en marzo que esas tareas en principio estaban cumplidas. Pero él se hallaba todavía en Suiza, nadie conocía su opinión y la conducción de los bolcheviques había quedado en manos de los exiliados recientemente llegados a Petrogrado: José Djugasvili, célebre con el seudónimo de Stalin, y León Rosenfeld, conocido como Kamenev. Ambos “rengueaban de la pata derecha” y asumiendo la dirección del “Pravda”, con el pretexto de aplicar aquellas indicaciones de Lenin (muy anteriores a febrero) llevaron a los bolcheviques a identificarse con la posición menchevique, esto es, ayudar a la burguesía a consolidarse en el poder y continuar con la guerra. El partido bolchevique se encaminaba al compromiso y la traición, con su base enfurecida pero desarmada políticamente.

Entonces Lenin descendió del tren.

 


 

 

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“Queridos camaradas, soldados, marineros y obreros. Me siento feliz de saludar en ustedes a la victoriosa revolución rusa, de saludarlos como la vanguardia del ejército proletario internacional…no está lejos la hora en que…el pueblo volverá las armas contra sus explotadores capitalistas…ustedes han abierto las puertas de una nueva época”

V.I. Lenin, palabras dirigidas a los trabajadores y militares revolucionarios congregados en la estación Finlandia, el 3 de abril de 1917.

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Una nevada tardía había tapizado de blanco los alrededores de la estación cuando la locomotora humeante se detuvo. En la plataforma se había congregado una pequeña multitud.  Kamenev y Stalin ascendieron al vagón de Lenin. Prudente, Kamenev se ubicó detrás del georgiano. Lenin saltó furioso de su butaca y tomó a Stalin de la solapa.

Pepe, ¿Qué mierda han estado publicando en el Pravda?”

Perplejo, Stalin levantó las cejas. Detrás de él, Kamenev balbuceó:

Vladimir Ilich, hemos aplicado tus directivas de noviembre del 16…”

Martov, quien había llegado con Lenin desde Suiza, preguntó por sobre su calva:

“¿Ustedes se enteraron de la revolución de febrero?”

Detrás de Kamenev apareció el delegado del soviet, Cheidse, con un ramo de rosas blancas.

Camarada Lenin, te damos la bienvenida…”

Lenin le arrancó las flores y se las pasó a Nadezda Krupskaia. De su bolsillo extrajo unos papelitos. Se los puso a Kamenev en la mano.

Mañana las quiero publicadas en el Pravda”.

“¿Con qué título?”

Lenin vaciló un momento.

Ponele Tesis de Abril” ordenó.


 

 

 

 

 

TESIS DE ABRIL

 

«1. En nuestra actitud ante la guerra, que por parte de Rusia sigue siendo indiscutiblemente una guerra imperialista, de rapiña -también bajo el nuevo gobierno provisional de Lvov y cía- en virtud del carácter capitalista de este gobierno, es intolerable la más pequeña concesión al ‘defensismo revolucionario’.

El proletariado consciente solo puede dar su asentimiento a una guerra revolucionaria, que justifique verdaderamente el defensismo revolucionario, bajo las siguientes condiciones: a) paso del poder a manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado a él adheridos; b) renuncia de hecho, y no de palabra a todas las anexiones; c) ruptura completa de hecho con todos los intereses del capital.

Dada la indudable buena fe de grandes sectores de defensistas revolucionarios de filas, que admiten la guerra solo como una necesidad y no para fines de conquista, y dado su engaño por la burguesía, es preciso aclararles su error de un modo singularmente minucioso, paciente y perseverante, explicarles la ligazón indisoluble del capital con la guerra imperialista, y demostrarles que sin derrocar al capital es imposible poner fin a la guerra con una paz verdaderamente democrática y no con una paz impuesta por la violencia.

Organizar la propaganda más amplia de este punto de vista en el ejército de operaciones.

Confraternización en el frente.

  1. La peculiaridad del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado.

Este tránsito se caracteriza, de una parte, por el máximo de legalidad (Rusia es hoy el más libre de todos los países beligerantes);

 
 

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