Arequipa,

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Carta abierta a todos los comunistas

La Redacción

Carta abierta

Recibidos

 

de Carlos Marx <carlosmarx2010@gmail.com> ocultar detalles 12:43

para:    jornaldearequipa@gmail.com

fecha:   10/09/2009 12:43

asunto:  Carta abierta

enviado  por: gmail.com

 

Ponemos en consideración de los lectores de Jornal de Arequipa: afiliados, exmilitantes o amigos del Partido Comunista el documento que sigue,  enviado, por segunda vez, a nuestra redacción por la Célula "Carlos Marx" del Comité Regional de Arequipa del PCP. Sus críticas o aportes pueden hacerlos llegar, esta vez, a carlosmarx2010@gmail.com. Hemos recibido varios correos referidos al tema escritos por Jorge Zanabria Ojeda, quien fuera, hace dos décadas, responsable del PC en Arequipa; de Julio José Fuentes, autoridad universitaria ex dirigente de la JCP hace más de de 40 años. Y, también de amigos, ex militantes de Arequipa y aún dirigentes regionales (Callao) de Cusco, Ayacucho y Puno, dándonos su parecer. Ellos piden ciertas rectificaciones, algunas aclaraciones o modificaciones de su contenido; otros no están de acuerdo con el texto por ser la crítica muy dura, otros porque ésta es muy contemplativa y conciliadora, etc. Estos pareceres los hemos hecho saber a los remitentes de la "Carta abierta". Nosotros debemos aclarar dos cosas: 1. El contenido de este documento es responsabilidad exclusiva de sus autores, Jornal de Arequipa tiene su propia opinión sobre el asunto y la dará a conocer en su oportunidad. Y, 2. Esta es la segunda "Carta abierta" que la Célula Carlos Marx nos envía. Hace 3 años nos remitió una primera crítica que no difería mucho de esta y el Dr. Miguel Alayza escribió un artículo sobre el mismo tema, su planteamiento fue más radical aún: refundar el PC. Ambos documentos los adjuntamos

Crítica a la política electoral del Comité Central del PCP

El momento histórico exige la refundación del Partido Comunista

Arequipa, 01 de Septiembre del 2009

 

Camaradas de la Dirección Regional de Arequipa del Partido Comunista

Camaradas de los organismos base (células) del CR de Arequipa del PCP

Camaradas comunistas, sin militancia partidaria.

 

Queridos camaradas:


El pasado XIII Congreso del Partido y los acontecimientos que derivan de él, así como el escenario político nacional y mundial, nos obligan a replantear la política de los comunistas, con el propósito de aglutinar a los trabajadores y al pueblo tras una visión clara y objetivos concretos. Eso pasa por perfilar mejor nuestros objetivos de clase y desarrollar un balance crítico y autocrítico no solamente de la actividad realizada por nosotros en el pasado, sino también de la mirada que dimos al Perú y al mundo a través del tiempo.

Pensamos -y lo decimos francamente- que la ausencia de esa mirada ha hecho que el Partido se estanque e incluso retroceda, que no solamente no recupere el espacio político perdido, sino que ceda más terreno para que otros sectores y fuerzas ocupen el papel que nos corresponde como vanguardia histórica de la lucha de nuestro pueblo.

Es hora, entonces, que nos propongamos abrir un debate profundo en torno al pasado, al presente y al futuro del Partido, a sus luchas, y a la perspectiva de ellas, diseñando en grandes líneas el carácter de la batalla que tenemos por delante y el tipo de sociedad por la que luchamos.

Nuestros antecedentes en la historia

Durante muchos años, virtualmente desde la fundación de nuestro Partido, nos vimos los comunistas peruanos involucrados en una lucha que rebasó claramente los linderos nacionales. La justificación ideológica de ese fenómeno radicó en la noción que ella –nuestra lucha- era la de una clase internacional que combatía en todos los frentes contra el sistema de dominación capitalista, surgido y afianzado también en el escenario mundial.

Nunca concebimos la revolución peruana como un fenómeno nacional, sino como parte de la revolución mundial. La concebimos como la integridad de un proceso de cambios profundos, y de una batalla que se libraba en el escenario mundial contra el capitalismo expoliador.

Recogimos esa visión de las cosas no solamente por la experiencia acumulada en el proceso revolucionario internacional, sino también por las enseñanzas que nos legaran los fundadores de nuestro movimiento, y en particular el propio José Carlos Mariátegui.

Para ellos, nuestra lucha era nacional por su forma, pero internacional por su contenido y respondía a los intereses y designios de una Clase que no limitaba su acción a las fronteras de un determinado país.

Debemos preguntarnos ahora si esa concepción fue acertada, o si ella nos condujo a deformaciones que, con el tiempo, descalificaron nuestra lucha y nos condujeron por caminos errados.

Dialécticamente debemos reconocer que nuestra visión fue correcta y que no podría haber sido otra; pero que, en efecto, nos condujo en determinadas circunstancias, por derroteros equivocados y nos llevó a desdeñar las experiencias del proceso social peruano poniendo un énfasis mayor en el escenario internacional. Eso -unido a la pérfida campaña del enemigo de clase que buscó siempre tipificarnos como “agentes de una potencia extranjera” para reprimirnos mejor- dio lugar a que apareciéramos erróneamente ante los mismos trabajadores peruanos como voceros de una idea “foránea” incluso contraria a la “visión nacional” del socialismo.

Debemos reconocer, sin embargo, que eso ocurrió también porque, objetivamente, fuimos nosotros los únicos defensores de la experiencia internacional del socialismo. Mientras otros sectores representativos del pensamiento avanzado buscaban distanciarse de la experiencia mundial para no parecer “extranjerizantes”, nosotros nos considerábamos en el deber de subrayar nuestra identificación con la lucha y las realizaciones de otros pueblos que construían con enorme esfuerzo y sacrificio su experiencia socialista.

En los hechos, sin embargo, esa realidad obnubiló nuestra objetiva visión de los acontecimientos y no nos permitió distinguir aciertos de errores en el proceso de construcción del socialismo en el escenario mundial. Tampoco nos ayudó a ganar para el internacionalismo a fuerzas nuevas que se sumaban a la lucha antiimperialista y que optaban sin embargo por distanciarse de nuestra organización partidista juzgándola heredera de una tradición ajena a nuestra propia historia.

Tener conciencia de eso hoy nos obliga a mirar el pasado con una visión autocrítica, y extraer las lecciones indispensables que nos permitan compatibilizar mejor nuestra visión del mundo con la lucha de nuestro propio pueblo, razón fundamental de nuestra existencia como Partido Revolucionario de los Trabajadores Peruanos.

La experiencia del socialismo real

Hoy, luego de la quiebra de la Unión Soviética y de la caída de los regímenes socialistas surgidos en Europa del Este luego de la II Guerra Mundial, tenemos el deber de valorar los aciertos y errores de una experiencia muy rica, pero agotada ya como realidad concreta para los trabajadores.

El modelo socialista vigente en el siglo XX no fue capaz de vencer el reto del tiempo. Ni tampoco de enfrentar victoriosamente al sistema de dominación capitalista.

No pudo derrotarlo ni superarlo en la competencia económica, ni tecnológica, ni científica. Pese a los evidentes adelantos que logró sobre todo en materia social y también en determinadas áreas del saber, como la medicina, las ciencias aplicadas e incluso la exploración espacial. Se vio atenazado por sus propias deformaciones y limitaciones: el burocratismo, el autoritarismo, la despolitización de las masas, la falta de contacto con las poblaciones, su triunfalismo inconsistente. Y no logró tampoco asegurar la justicia distributiva, consustancial al sistema.

No pudo adicionalmente, mostrar capacidad de respuesta ante las nuevas motivaciones ciudadanas. Pudo atender y resolver los problemas esenciales de las masas; el trabajo, el salario, la educación, la vivienda, la salud de las poblaciones; pero no fue capaz de satisfacer los requerimientos del hombre como individuo inherentes a la contemporaneidad: la libertad de conciencia, los derechos políticos, la posibilidad de transitar libremente o la capacidad de pensar por cuenta propia.

Formular un balance desapasionado y final de esa experiencia, y valorarla en toda su dimensión, seguramente insumirá la reflexión de muchos durante los próximos años. Aun hoy será sin duda prematuro aquilatar en toda su magnitud lo ocurrido en el mundo entre 1917 y 1991, entre el inicio de la Revolución Socialista de Octubre y el colapso de la URSS, y su descomposición como Estado de Obreros y Campesinos. No obstante, hay que subrayar algunos elementos de ese proceso para extraer de ellos las lecciones elementales que nos permitan seguir adelante en la batalla por nuestro objetivo estratégico: el ideal socialista.

Lo primero que debemos reconocer es que el “modelo” socialista que se construyó en la Unión Soviética fue inédito. Nunca antes en el mundo había ocurrido un fenómeno de tal naturaleza, y nunca ni los comunistas ni los trabajadores nos vimos ante la responsabilidad de conducir los destinos de los pueblos como en esta circunstancia. Muchas de las medidas que se adoptaron entonces fueron el resultado de la improvisación, o tuvieron un carácter experimental y debieron ser corregidas, o superadas, con el tiempo.

Nunca antes en la historia humana había surgido la posibilidad de construir un Estado Revolucionario de Obreros y Campesinos por lo que los caminos recorridos por los forjadores de la sociedad socialista resultaban nuevos para nuestra especie.

Carlos Marx o Federico Engels, fundadores del socialismo científico y Lenin, el más genial de sus seguidores, no alcanzaron a prever la naturaleza de los fenómenos que la Revolución Socialista habría de afrontar, ni el modo de encararlos.

La Sociedad Socialista que se buscó forjar, fue como el producto de un gigantesco laboratorio social en el que muchos aciertos se confundieron con muchos yerros que conspiraron contra el éxito del mismo proceso.

Los Partidos Comunistas en cada país, y el nuestro también, no supieron distinguir siempre unos de otros y asimilaron con frecuencia el conjunto de la experiencia como lección siempre válida para los pueblos. Y ese fue nuestro principal error en la mirada que tuvimos de la experiencia socialista.

No afirmamos entonces como era indispensable, el carácter verdadero de la democracia socialista, ni nos esforzamos por entender la necesidad de sumar fuerzas en todos los casos acumulando experiencias y valores a través de la historia. Tampoco pusimos énfasis en las denominadas especificidades nacionales del socialismo, subrayando más bien sus rasgos internacionalistas como si ellos tuvieran obligatorio cumplimiento en nuestra propia experiencia revolucionaria.

Hoy sabemos, entonces que el socialismo no es un cartabón de consignas ni una nómina de formulaciones teóricas. Es una experiencia viva de la que debemos aprender diariamente en al medida que nos compenetremos con la lucha y con la psicología de nuestros pueblos, sus antecedentes históricos, sus modalidades de acción y sus peculiaridades básicas.

El socialismo, sin embargo, para ser reconocido como tal por la historia humana, deberá tener rasgos distintivos que lo diferencien de cualquier otro sistema anteriormente vivido en el escenario internacional: la propiedad social sobre los principales medios de producción, y la clase obrera en el Poder.

Los otros rasgos: la existencia de uno o varios partidos, la participación de distintas fuerzas en el proceso social, el rol de la intelectualidad y de las capas medias en la lucha, o las formas que ella adquiera en el empeño por la captura del Poder; podrán variar y de hecho serán distintas en una u otra circunstancia; pero el socialismo, para ser tal, deberá eliminar la propiedad privada sobre los principales medios de producción y desplazar a la gran burguesía capitalista del Poder.

El resto, la deformación burocrática del proceso, el surgimiento de errores en la aplicación del “modelo” o el uso de formas y métodos equivocados en el cumplimiento de las tareas; deberá ser la secuela de realizaciones propias a las que debemos aportar con nuestra experiencia procurando evitar los imponderables del pasado.

Igualmente tenemos el deber de abandonar todas las tesis de corte triunfalista que nos llevaron antes a desdeñar los valores de la historia. No es, objetivamente cierto, aquello de que la historia no se detiene, ni retrocede jamás, como siempre lo afirmamos orgullosamente En la historia, los pueblos registran avances y también retrocesos. Victoria, y derrotas. Y de ambas se nutre la conciencia de las masas. Como dijera Marx, la historia avanza, pero en espiral, corrigiendo y superando los errores y deformaciones del pasado y promoviendo nuevos escenarios para que en ellos libren sus luchas los pueblos..

La caída del socialismo, a fines del siglo pasado, constituye objetivamente una derrota de los pueblos y un retroceso en la historia humana. Y hoy pueden apreciarlo incluso aquellos que denigraban la experiencia soviética.

La mayoría consciente reconoce la valiosa contribución de la URSS a la lucha contra el fascismo y al combate nacional liberador de pueblos y naciones. Y subrayan que su caída ha dejado al mundo en el mayor desamparo porque hoy el régimen de dominación imperial se yergue sólo en un escenario en el que los pueblos se baten en condiciones mucho más adversas que antes precisamente por la desaparición del Estado Soviético.

El papel del partido de los comunistas

Si quisiéramos aludir al Legado de Mariátegui, al que se refieren muchos en nuestro tiempo, debiéramos recordar que el interés más resuelto del fundador del socialismo en el Perú, fue el estudio de la realidad nacional a partir del método marxista. Muchas personalidades de nuestra historia, después de Mariátegui, siguieron ese ejemplo, y nuestro Partido lo hizo también aunque de modo insuficiente y precario, lo que hoy debemos corregir y superar.

Pronto se habrán de cumplir 81 años de la fundación del Partido Comunista, forjado inicialmente por José Carlos Mariátegui con el nombre de Partido Socialista el 7 de octubre de 1928.

Es bueno recordar que el carácter del Partido de Mariátegui, y su esencia, no estuvieron dados por el nombre del Partido, como se ha querido hacer ver en debates simplemente bizantinos durante muchos años.

Su contenido esencial estuvo vinculado a su Declaración de Principios y a su práctica revolucionaria.

La primera proclamó el carácter Marxista-Leninista del Partido; su condición de Partido del Proletariado y su incorporación a la Internacional Comunista, la III Internacional.

La segunda tuvo que ver con su accionar cotidiano, ligado siempre a la lucha de los trabajadores y el pueblo.

Esa es una realidad inobjetable de la que debemos partir para tener conciencia plena de nuestra situación actual.

Desde la fundación del Partido, y a través de la historia, vivimos distintos procesos sociales y políticos en el Perú. Entre 1930 y mediados de los años cincuenta afrontamos una lucha abierta contra dictaduras militares profundamente reaccionarias y represivas, como los regímenes de Sánchez Cerro, Benavides y Odría; y gobiernos oligárquicos tradicionales que no tomaron para nada en cuenta los intereses de nuestro pueblo, como los gobiernos de Prado y Belaúnde.

En todo ese periodo, los comunistas luchamos con firmeza y denuedo contra esas dictaduras y esos regímenes reaccionarios buscando unir a nuestro pueblo para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Y en esta lucha actuamos muchos veces solos, porque no hubo otros partidos o fuerzas que compartieran nuestra batalla. Incluso el APRA -que surgió en la misma época que nosotros- prefirió conciliar con la oligarquía e incluso capitular ante ella para convertirse en Gobierno, como ocurre actualmente.

Nosotros desdeñamos ese derrotero por considerarlo incompatible con nuestra concepciones de clase y nuestra ética política.

Alentamos más bien la lucha de masas y la unidad del pueblo. Y procesamos experiencias muy ricas que sin embargo han sido insuficientemente analizadas y estudiadas luego, como la creación del frente democrático nacional, que en 1945 llevó al Poder a un Gobierno honrado, el del Presidente José Luís Bustamante y Rivero, derrocado por el brazo armado de la oligarquía: los militares tradicionales.

La lucha por la reforma agraria, por la nacionalización del petróleo, por la defensa de las libertades democráticas y la derogatoria del nefasto artículo 53 de la Constitución del Estado entonces vigente y por el establecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales con todos los países; fue principalmente nuestra, y constituyó un valioso aporte a la posteridad que debe ser adecuadamente valorado y reivindicado en nuestro tiempo.

En 1968, el proceso antiimperialista impulsado por los elementos progresistas de la Fuerza Armada y en particular por el núcleo militar patriótico liderado por el general Juan Velasco Alvarado, fue firmemente respaldado por nuestro Partido.

Independientemente de los errores que pudiéramos haber cometido en ese periodo, objetivamente podemos hoy reivindicar legítimamente la justeza de nuestra línea en esa etapa de la historia social del Perú. Incluso quienes desde posiciones de izquierda se opusieron a Velasco y lo combatieron, reconocen hoy que nuestra línea fue más justa y respondió seriamente a los intereses de nuestro pueblo.

El crecimiento orgánico de nuestro Partido, pero también el incremento de su autoridad e influencia en el pueblo; y la consolidación de la Confederación General de Trabajadores del Perú -la CGTP- fueron el testimonio vivo de lo acertado de nuestra línea.

No fuimos consecuentes, sin embargo, en esa lucha porque no percibimos con la rapidez necesaria el cambio que significó el desplazamiento de Velasco Alvarado del Poder y su reemplazo por la dictadura militar de Morales Bermúdez que abrió el camino a la restauración del poder oligárquico.

Es verdad que en esa circunstancia influyeron diversos elementos que nos arrastraron a la confusión, pero también es verdad que nos aferramos en ese entonces al error y buscamos justificarlo siempre, lo que nos restó autoridad y fuerza ante los ojos del pueblo. Y es que, en ese periodo, fuimos depositarios de una también deformación de nuestro trabajo: la tesis de la infalibilidad de nuestra línea y de nuestros dirigentes. Fue eso lo que no nos permitió ver nuestro error ni extraer de él las consecuencias pertinentes.

Luego, en los años 80 emprendimos una gigantesca tarea: unir a todas las fuerzas democráticas y progresistas de nuestro país para abrir paso, y consolidar un camino independiente y soberano. La piedra angular de ese esfuerzo fue la construcción de Izquierda Unida.

Hoy puede discreparse puntualmente de elementos de esa experiencia, pero nuestro pueblo sabe que nunca la Izquierda jugó un papel más activo ni estuvo más cerca de concretar sus objetivos estratégicos, que en esa etapa, la misma que naufragó por el trabajo corrosivo impulsado por el enemigo de clase desde el exterior del movimiento, pero que se vio facilitado también por la inmadurez, el caudillismo y el sectarismo de fuerzas y segmentos -incluso de nuestro propio Partido- que aportaron a la división y a la dispersión del movimiento.

Si hoy el común de las personas en la calle nos dice que lo que falta es la unidad de la izquierda, es porque, en el fondo, añora esa etapa en la que la Izquierda -con todas sus debilidades- luchó unida por un Perú mejor. Por eso es que también se extraña esa unidad y la demanda por ella crece en amplios sectores de la ciudadanía.

En la medida que pase el tiempo, esa unidad se va a volver aún más indispensable. Y su exigencia será un grito esencial en las luchas de nuestro pueblo. Tarea básica entonces de nuestro Partido será el aportar para que ella sea posible.

Más allá de la intención de descalificar a personas por el rol que protagonizaron en ese periodo de la historia social del Perú, es vital que se procese un análisis amplio y constructivo de esa experiencia para que sirva como aliciente para las batallas que se proyectan en el futuro inmediato.

En resguardo de la historia, sin embargo, debemos subrayar siempre el aporte de los héroes de nuestro movimiento, de las personalidades políticas que dedicaron su esfuerzo o entregaron sus vidas en la batalla amplia de nuestro pueblo por instalar en el Perú un régimen de verdadera justicia. Hombres y mujeres como Simón Herrera Farfán, Alfredo Matheus, Adela Montesinos, Jorge del Prado, Augusto Chávez Bedoya, Juan Casapia, el Pato Salazar, Guillermo Torreblanca, Moisés Butrón, Enrique Zapater, Teodoro Nuñez Ureta, Blanca Del Prado y los Acosta Salas en Arequipa. Así como de Avelino Navarro, Gamaniel Blanco, Carmen Sacco, Pompeyo Herrera, Hugo Pesce, Emiliano Huamantica, Isidoro Gamarra, Pedro Huilca y muchos otros, alumbraron ese camino y dejaron una estela de luz para que por ella transite nuestro pueblo.

El partido en su etapa más reciente

Cuando hablamos de la etapa más reciente del Partido nos referimos al periodo posterior al derrumbe de la experiencia socialista que, en nuestro caso, coincidió con la realización del X Congreso nacional del PCP celebrado en noviembre de 1991.

Allí, luego de un tenso debate interno y gracias a manejos no muy leales a la correlación de fuerzas, se impuso en la alta dirección del Partido un llamado “equipo renovador” que prometió mejorar la imagen del Partido superando “deformaciones burocráticas”, “concepciones obsoletas” y “métodos caducos”, en lo fundamental. La nueva dirección del partido bajo la conducción del c. Renán Raffo, ha tenido en sus manos los resortes del Partido y lo ha conducido al estado en el cual se encuentra hoy día.

La nueva dirección consideró “superada la lucha de clases”, abdicó de las concepciones esenciales del Partido, como la Dictadura del Proletariado; proclamó un “marxismo abierto”, un “socialismo moderno” y un conjunto de tesis “postmodernistas” de corte abiertamente social demócratas. Después de 18 años de esta experiencia, el estado actual del partido es de crisis total donde reina, clamorosamente, la desorganización, el liberalismo, la improvisación y el espontaneismo.

 

El partido ha hecho abandono de su organización celular leninista convirtiéndose en un amasijo amorfo donde se entra y sale sin responsabilidad alguna, donde la militancia dejó de ser tal.

 

Hoy los problemas de partido se discuten en cualquier chingana frente a cualquiera.

Antes del X Congreso, el Partido Comunista era la principal fuerza de la Izquierda, la base principal de Izquierda Unida y el referente obligado para el análisis del proceso peruano. Hoy hemos perdido ese honroso lugar y estamos a la cola de otros que nos han aventajado por su mayor coherencia y su más definida efectividad.

Antes, nuestro Partido a nivel nacional contaba con un Semanario al servicio de los trabajadores y el pueblo. Y ahora virtualmente carece de publicaciones, salvo una prensa episódica y de muy baja calidad, que sale eventualmente y no despierta el menor interés.

 

Antes, nuestro Partido era una organización nacional, una estructura fuerte, con recursos propios y capacidad operativa en, virtualmente, todo el país. Hoy registra deficiencias notables, ausencias clamorosas y sus dirigentes carecen de autoridad y de prestigio. Arequipa, no es la excepción.

Antes, el Partido tenía locales abiertos, defendía su actividad pública, tenía dirigentes prestigiados y lazos efectivos con las masas populares. Hoy, en Lima, el local del Partido está virtualmente abandonado. En Arequipa pasa lo mismo, salvo honrosas excepciones.

Antes, a nivel nacional, el partido tenía propiedades: imprenta, librería, empresas, y otros recursos que hoy simplemente se han esfumado. Su patrimonio ha desaparecido, sin reporte alguno al Partido.

Antes, el partido tenía existencia legal, registro ante el Jurado Nacional de Elecciones, votación definida y representación parlamentaria. Hoy carecemos de la más elemental personería por la indigencia de nuestros dirigentes habida cuenta que el PC no pudo aplicar la menor política exitosa en ninguno de los planos.

Antes, el partido tenía presencia en el escenario internacional y era considerado uno de los principales partidos comunistas de la región. Hoy, su prestigio se ha extinguido y los Partidos Hermanos nos toman en cuenta sólo por cubrir una formalidad: admitir la existencia de un Partido Comunista en el Perú compartiendo "el honor" con Patria Roja, pero son plenamente conscientes de nuestra debilidad manifiesta.

En periodo más reciente la dirigencia del Partido han actuado como furgón de cola de Patria Roja usando las siglas de la CGTP y de la FDTA para obtener con ellas algún provecho personal y no para la organización.

Nuestra tarea debe ciertamente tomar distancia de estas prácticas que constituyen deformaciones groseras de la política partidista, y que sirven tan sólo a intereses personales o de grupo

La urgencia de la verdadera renovación comunista

Ha llegado el momento de poner fin a esta situación dramática que afecta severamente al proceso revolucionario en nuestro país.

No debemos renunciar en ningún caso a nuestro ideal socialista, ni a nuestras concepciones básicas confirmadas por la historia y por la vida; pero no podemos limitarnos a repetir formulaciones que podrían valer para cualquier realidad y distintas épocas. Tenemos que tomar en nuestras manos los actuales problemas del país y alentar la lucha de nuestro pueblo por encontrar caminos que nos permitan avanzar por la ruta del desarrollo y el progreso.

No podemos permitir que pase más tiempo en la situación en la que nos encontramos. Tenemos el apremiante deber de actuar para revertir la situación creada, recuperar la capacidad de acción del partido, su imagen, su organización y su prestigio en el seno de las masas. Y debemos hacerlo antes que esa misión se torne imposible por el desarrollo desmedido de los acontecimientos.

Para este efecto, urge adoptar medidas orgánicas y políticas. Y aplicar acciones radicales que nos permitan abrir paso a una verdadera renovación comunista. Ella nos permitirá enarbolar un nuevo programa, cuyas bases esenciales sean las siguientes:

1.- Debemos reivindicar la historia social del Perú. La historia de los hombres y de las luchas de nuestro pueblo, como una manera de afirmar nuestra concepción socialista basada en un verdadero patriotismo y en una íntima relación con el proceso peruano. Las figuras rescatables de la historia deben ser nuestra figuras en la lucha cotidiana: Manco II, el último Inca alzado contra el Poder Español, Juan Santos Atahualpa, Túpac Amaru y Micaela Bastidas, Tomasa Tito Condemayta, Mariano Melgar y Mateo Pumacahua, María Parado de Bellido Francisco Javier de Luna Pizarro y José Faustino Sánchez Carrión, Leoncio Prado, Miguel Grau y Francisco Bolognesi; los líderes obreros y populares de nuestro país, que siguieron la huella de José Carlos Mariátegui, el introductor de la concepción socialista en el Perú y fundador de nuestro movimiento.

2.- Por nuestros antecedentes históricos, nuestra composición de clase y por mandato de nuestra concepción socialista, debemos reivindicar el papel de los trabajadores como la principal fuerza productiva del país, proteger sus derechos fundamentales y sus conquistas, recuperar aquellas que fueron conculcadas por los regímenes anteriores, y desconocidas por la vigencia del modelo “neoliberal” que afecta severamente al país pero, en primer lugar, a los propios trabajadores. La defensa de la organización sindical y la protección y preservación de sus luchas debe ser para nosotros tarea de honor, del mismo modo como debe serlo el respeto a la independencia de clase de los sindicatos. El uso indebido de la relación Partido-Sindicato que se ha mostrado en los últimos años y que ha puesto en evidencia que el Partido y sus dirigentes se parapetan y aprovechan innoblemente de la organización sindical y sus recursos, debe quedar definitivamente superada.

3.- Unida a la defensa de los derechos de los trabajadores, hay que sumar la defensa de los derechos de la población en su conjunto y sobre todo de los segmentos más deprimidos y olvidados de la sociedad: los campesinos, los pobladores de las zonas rurales y marginales de las ciudades, los habitantes de los Asentamientos Humanos y Pueblos Jóvenes, las mujeres, la juventud y los estudiantes, así como las capas medias de la población; deben merecer nuestro compromiso militante y nuestra más constante preocupación. A eso hay que sumar nuestra lucha en defensa de los pequeños y medianos empresarios de la ciudad y el campo, los componentes de las Mypes, los cooperativistas, los integrantes de las Comunidades Campesinas y todos los núcleos organizados de la sociedad peruana constantemente afectados por la desigualdad y la injusticia.

4.- Debemos combatir firmemente la exclusión en todas sus modalidades y formas: la exclusión económica, social, racial, religiosa o de género. La marginación y la desigualdad como fuente de la discriminación y la violencia. Debemos ser concientes que el Perú es todavía una Nación en formación y que hay que sumar para lograr la verdadera unidad nacional a poblaciones disímiles que viven ahora en un virtual abandono en las zonas más deprimidas del país, el Trapecio Andino, el Altiplano, la Amazonía.

5.- Debemos defender firmemente los recursos naturales, teniendo plena conciencia que el Perú es un país muy rico. Estamos entre los cinco más grandes productores de oro, somos el segundo país del mundo en lo que se refiere a plata, tenemos la segunda producción de América Latina en lo que es cobre, somos el primer productor mundial de vanadio. Pero además, tenemos petróleo, gas y otros minerales, una muy rica agricultora, un mar de extraordinaria riqueza ictiológica y un enorme potencial energético. Nuestra amazonía es un pulmón privilegiado de América, pero tiene también un inmenso potencial acuífero y una bíodiversidad que ningún otro país ni continente poseen. Con lo que el Perú produce en alimentos y en riquezas materiales, podríamos alimentar a toda la población peruana sin que uno solo de nuestros compatriotas sufra hambre.

6.- En las condiciones actuales resulta más urgente que nunca reivindicar el papel de la política en el país y su vínculo con las masas y con el desarrollo de la historia peruana. El Partido no nació como consecuencia de un acuerdo adoptado entre cuatro paredes. Fue el resultado final de una larga lucha, de un proceso natural de la conciencia política de los trabajadores, y la consecuencia del fermento social que envuelve a la sociedad peruana desde los primeros años del siglo pasado, y que aún no se ha resuelto. Somos conscientes de la formulación leninista referida al hecho que cada país debe “parir su movimiento”. Y, en efecto, nuestro Partido fue la consecuencia de un parto natural de la conciencia política de las masas y buscó perfilarse como representante legítimo de sus inquietudes básicas. Y cumplió no sin defectos, esa tarea durante largos años, antes de caer en la esterilidad que hoy lo caracteriza.

7.- Una exigencia básica en la sociedad peruana de nuestro tiempo, es la lucha por la igualdad, que debe ser entendida razonablemente como la igualdad de oportunidades para todos, y que incluye de manera indispensable el combate a todos los privilegios que dividen a los peruanos y los diferencian unos de otros en función no de sus propias capacidades, sino de consideraciones de otro orden, como sus ingresos económicos, el color de su piel, sus creencias religiosas o sus opiniones políticas. La discriminación resulta siempre odiosa y es incompatible con toda forma de democracia social bien entendida.

8.- Nuestro partido debe luchar para que en el Perú de hoy todos los ciudadanos, sin distinción alguna, tengan Seguridad Social, estabilidad en el empleo y normas de convivencia humana que regulen su actividad y permitan mejorar su nivel de vida. Esto sólo se logrará resolviendo los problemas económicos de la población, atendiendo a los requerimientos dramáticos de la educación, la salud, la vivienda y el empleo, que afectan severamente a las grandes mayorías nacionales o que sufren el menosprecio de la Clase Dominante. Esto implica luchar contra la desigualdad en los salarios, los presupuestos parásitos, las partidas secretas, el abuso de los grandes propietarios sobre las mayorías nacionales.

9.- Es claro que los peruanos somos distintos, pertenecemos a etnias diversas y a culturas diferentes. Por eso José Carlos Mariátegui decía no sin razón que somos una nacionalidad en formación. Y esa nacionalidad debe ser integradora y estar compuesta por todos los núcleos humanos que habitan nuestro suelo, por los que viven en la costa y los que habitan las alturas, en los paramos o en la selva, en la región andina o en la meseta. Habitamos, sin embargo, un territorio común, y debemos integrar una nación forjada a partir de la diversidad para construir una verdadera unidad y legarla a las generaciones que vendrán.

10.- No queremos un Estado Mendigo. Tenemos ingentes recursos naturales. Podemos explorar y explotar nuestra riqueza, pero también podemos industrializarla para alentar y promover el desarrollo. No tenemos por que explotar de una sola vez todos nuestros recursos naturales como si se tratara de una competencia personal por hacernos ricos. Tampoco tenemos que perpetuar nuestra condición de vendedores de nuestras materias primas. Necesitamos, sobre todo, vivir, Y para vivir requerimos de un cierto nivel de riqueza que nos permita forjar el bienestar para todos y no el beneficio de unos pocos, superando la odiosidad, el individualismo, el egoísmo de la sociedad actual; y promoviendo antes bien la ayuda activa y la solidaridad permanente, como principios consustanciales a nuestro pueblo..

11.- Es indispensable terminar con la corrupción y con todas las formas de expresión que la alientan. Acabar con la coima como institución nacional establecida para vergüenza de los peruanos, las “comisiones” como forma de engordar las planillas, el poder de la Mafia, la droga, el pandillaje, la delincuencia, el narcotráfico y el terrorismo, instituciones no creadas por el pueblo, sino heredadas de un pasado vencido, incompatible con la dignidad y el decoro de los peruanos. La fiscalización y el control ciudadano no pueden ser instrumentos de venganza, ni usarse con criterios políticos para afectar adversarios. Deben ser normas iguales para todos y aplicarse de manera consciente, razonable y democrática con el propósito de crear conciencia entre todos los ciudadanos y alimentar realmente los recursos del Estado a fin de colocarlo en disposición de atender los requerimientos y urgencias de todos los peruanos.

12.- No estamos, en las actuales condiciones en la posibilidad de buscar un punto de llegada en el plazo inmediato. Tenemos que encontrar un punto de partida que nos permita forjar una nueva historia, que nos permita acabar con los remanentes coloniales y semi-coloniales que se expresan aún en la exclusión social, la tenencia de la tierra, la explotación de las minas, el analfabetismo, en el atraso, la incultura y la ignorancia que afecta severamente a la mayoría de los peruanos. Hay que ser conscientes de las luchas populares, por aguerridas y heroicas que sean no podrán triunfar sino articulan lucha social y lucha política, movilizaciones populares y salidas institucionales, cuestionamiento al neo liberalismo y propuestas orientadas al progreso y al desarrollo y a la construcción de una verdadera y viable plataforma post neo liberal, y a la lucha por los intereses inmediatos y concretos de la población así como a los proyectos de integración nacional, apremiantes para nuestro proceso de evolución como país.

Para este efecto, debemos recuperar plenamente la esencia de nuestro Partido y su carácter. Ser conscientes que hoy, fuera de nuestras filas, hay muchos comunistas honrados que se han visto marginados por la intolerancia, el sectarismo y el odio insulso, o que se han apartado para no romper la unidad de nuestro movimiento. Reintegrar a todos sin discriminaciones aldeanas será una manera práctica de emprender el camino nuevo que tendremos por delante.

No debemos hacernos ilusiones de corte electoral, ni prepararnos políticamente con la idea de participar en los comicios del 2011, como si esa fuera nuestra tarea de honor. Nuestro objetivo, como en los años de Mariátegui, debe ser sembrar sentimiento y conciencia de clase, educar políticamente a los trabajadores y al pueblo, organizar sindicatos y estructuras de lucha, proveer y alentar el accionar de los explotados en todos los confines de la patria, seguros de abrir camino a las transformaciones sociales que el Perú requiere.

Hay quienes alientan expectativas en torno a un triunfo electoral de las fuerzas progresistas en los próximos comicios nacionales. Si ese hecho ocurriera, sería ciertamente un avance en relación a la situación actual y una manera de expresar la voluntad de un pueblo que quiere enrumbarse por un derrotero más justo, como ocurre hoy en Bolivia, Venezuela, Ecuador y otros países. Pero aventurero e irresponsable sería de nuestra parte alentar una victoria de ese tipo sin preparar al mismo tiempo a la Vanguardia de Clase llamada a orientarla y al Poder Popular capaz de consolidar un camino nacional liberador. Por eso debemos subrayar que nuestra participación en la lucha actual no tiene un contenido electoral, sino un sentido político estratégico de mayor valor, consustancial a los intereses esenciales de nuestro movimiento.

En la medida que seamos capaces de aplicar estos conceptos básicos, consustanciales a un verdadero programa de lucha, seremos también capaces de reconstruir nuestro movimiento y refundar -que es lo que realmente corresponde- al Partido de los Comunistas Peruanos, a partir de las ideas de José Carlos Mariátegui y el ejemplo valeroso de todos los luchadores que entregaron sus vidas o se inmolaron en nuestra patria por la causa de la liberación, el bienestar social, la igualdad la justicia, y la lucha por el socialismo.

 

Fraternalmente

 

Célula Carlos Marx

 

 

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La Vanguardia ausente

Los acontecimientos más recientes han puesto en evidencia dos elementos de singular importancia: la precariedad del movimiento popular que marcha de auges a derrotas sin orden ni concierto; y la capacidad de maniobra de la clase dominante y sus expresiones política que asestan duros golpes a los pueblos aprovechando precisamente la débil resistencia de los afectados por la crisis.

Hay un fenómeno claro en las condiciones actuales: la quiebra del “modelo” no le permite al gobierno manejar los problemas a su antojo. Y la ciudadanía, en distintos rincones del país, se alza en demanda de un nuevo derrotero. Se crea así en el Perú una situación peculiar muy parecida a lo que los clásicos del pensamiento marxista consideran una situación revolucionaria.

Ella no se perfila a plenitud, sin embargo, por la ausencia de un elemento clave que permitiría revertir a favor de los desposeídos el escenario político y colocar a los opresores en las condiciones de derrota: una vanguardia efectiva, real, que posea una línea de trabajo acorde a las necesidad del movimiento y que oriente la batalla del pueblo, es decir, que aliente, encauce, promueva, organice, articule y centralice las acciones que se presentan ahora de modo disperso y desgajado.

Mucho se ha discutido también en nuestro país el tema de La Vanguardia. Quizá de modo maniqueo, los Partidos Comunistas se atribuyeron siempre ese papel y durante muchos años en realidad, lo desempeñaron, con aciertos y errores. Pero es claro que la condición de Vanguardia no la da la teoría, ni se hereda tampoco de los antepasados gloriosos. Cuando alguien pierde su condición de Vanguardia no es porque haya renunciado formalmente a ella, sino simplemente porque no supo conducirse como tal y dejó el camino, bien a otras fuerzas o, más probablemente, al espontaneismo de las masas, que -a falta de liderazgo concreto- pasaron a luchar por su cuenta, asumiendo los riesgos de batallas heroicas, pero sin articulación de clase.

El hecho que un Partido no juegue en la práctica concreta el rol de Vanguardia, no quiere decir por cierto que no sea necesaria –indispensable- esa vanguardia. Su ausencia, no es un mérito del pueblo, sino una falta y un defecto, que conduce con frecuencia las acciones más firmes, a las derrotas más inavisadas. El problema es que una Vanguardia no se puede simplemente reemplazar por otra. Y si quienes están formalmente obligados a jugar ese rol no entienden su papel ni lo desempeñan, las luchas no podrán avanzar y corren siempre el riesgo de esterilizarse y concluir en derrotas.

Hemos tenido en los últimos años en nuestro país acciones de inmenso valor. La insurgencia popular en junio del 2002, ocurrida en nuestra ciudad bajo el gobierno de Toledo, contra la privatización del agua y las centrales energéticas, las movilizaciones populares en Tacna y en Moquegua en periodos más recientes y la lucha de las poblaciones de la amazonía, como la de Bagua, contra los decretos nefandos alentados por el régimen aprista; han constituido expresiones de unidad, organización, conciencia y capacidad de lucha; pero a ellas ha sido virtualmente ajena cualquier Vanguardia o fuerza conductora.

El heroísmo y la sabiduría de las masas, en cada circunstancia, acorralaron a las autoridades de turno y las obligaron a retroceder, lo que consagró un cúmulo de victorias episódicas. Independientemente de ellas, los gobiernos se dieron maña para solventar la crisis y, peor aun, consolidar su gestión y aplicar mejor sus políticas reaccionarias y antinacionales.

¿Qué pasó? ¿Por qué ocurrió esto? ¿A qué se puede atribuir la coyuntura actual, signada por nuevos peligros para los trabajadores y el pueblo? No sólo por cierto hay que subrayar la capacidad de maniobra de la Clase Dominante y sus expresiones políticas, sino también la inoperancia de las fuerzas llamadas a conducir al pueblo a la victoria. Y a eso debemos referirnos.

Cuando el movimiento popular era más fuerte en el Perú, las masas tenían una dirección reconocida y efectiva. Las acciones se desarrollan a partir de orientaciones concretas. E incluso las movilizaciones callejeras, respondían a criterios elaborados y las más de las veces, preconcebidos. Muy poco fue lo que ocurrió de manera espontánea, o anárquica. No había espacio para la provocación o la aventura.

Precisamente por eso la clase dominante y sus servicios secretos debieron recurrir a la estrategia terrorista. Y la aplicaron hábilmente explotando las dos debilidades que se perfilaban en ese entonces en el movimiento: el radicalismo verbal de algunos caudillos -Yehude Simon fue una expresión gráfica de ello- y la actividad corrosiva y disolventes de pequeños conglomerados estrechos y sectarios que golpearon a la Izquierda “desde la izquierda”, porque no podía, la Clase Dominante, hacerlo desde la derecha.

El verbalismo ultrarevolucionario y el accionar terrorista abrieron paso a la confusión y generaron el caldo de cultivo que llevó a la Izquierda a la derrota.

Hoy, varios de los dirigentes responsables de ella, se mantienen en lo fundamental en la conducción de las estructuras partidistas, pero -y es eso lo peor- eluden obsesivamente cualquier análisis crítico y autocrítico de esa experiencia. Algunos reconocen que, en efecto “hubo errores”, incluso hay quienes aceptan que ellos “también los cometieron”. Pero no se detienen en el análisis del tema. Ni extraen las conclusiones de esa rica experiencia del movimiento popular, que ellos contribuyeron irresponsablemente a quebrar.

Como parte de este juego siniestro, los servicios de inteligencia del Estado y los aparatos represivos consumaron numerosos atentados terroristas, pero se los adjudicaron alegremente a Sendero Luminoso o al MRTA. Y estas estructuras, en lo fundamental, asumieron esa autoría convencidos que ellos eran la confirmación de su fuerza.

En nuestro tiempo, ocurre lo mismo. Cuando los congresistas del Partido Nacionalista deciden en el hemiciclo del Legislativo cambiar de lugar y sentarse no en sus curules sino en el centro del escenario; los apristas se desgañitan gritando que “han tomado el Congreso de la República”. Y los ingenuos Padres de la Patria dicen que sí, que “lo han tomado” para protestar por la política del Gobierno. Luego viene el deslinde: la Toma del Congreso es una falta grave, y amerita una severa sanción. 7 Congresistas pagaron por eso. Y sólo cuando así ocurrió, los interesados reconocieron que “no hubo ninguna toma”, tan sólo una manera pacífica de protestar, sentándose en otro lado.

En otro escenario, desde el movimiento sindical se amenazó con un Paro Nacional. Se dijo que podría ser una Huelga General Indefinida. Y ante la ausencia de una Vanguardia real, surgieron diversos colectivos que comenzaron a trabajar por esa “huelga indefinida hasta la caída del gobierno”, Finalmente se abrió paso a un Paro de 72 horas en la amazonía y en la región andina. Notificado el régimen, tomó ese Paro entre las manos y lo mostró ululante, asegurando que constituía la “prédica chavista” diseñada en Venezuela o en Bolivia.

Poca antes del 8 de julio, algunos dirigentes sindicales repararon en la maniobra y percibieron que, para ejecutarla, el gobierno había deformado las acciones previstas por los trabajadores. Subrayaron entonces que no habría ni huelga indefinida ni caída del gobierno, sino -en Lima- apenas un mitin el 8 de julio a la 1 de la tarde en la Plaza Dos de Mayo. La propaganda oficial habló entonces de “retroceso”. Y este, en efecto, se produjo: la manifestación del 8 no tuvo punto de comparación con la movilización tumultuosa y casi espontánea del 11 de junio, luego de los sucesos amazónicos.

Para algunos dirigentes de la izquierda, los del Partido Comunista entre ellos, pareciera no importar el asunto. Para ellos, lo importante es que las protestas se produzcan y puedan ellos subirse al estrado en las manifestaciones que se convoquen, como un modo de “demostrar” que ellos “están a la cabeza”. Piensan que eso, les producirá réditos electorales y que podrán aspirar así a un puestito en la lista parlamentaria para los próximos comicios.

Para el efecto, hablan de Unidad. Pero no hacen la Unidad. No construyen estructuras realmente unitarias. Ni promueven nuevos dirigentes. Ni hacen trabajo de masas. Ni se vinculan a las luchas concretas. Ni en la región andina. Ni en el sur peruano. Ni en la amazonía. Pero están contentos si el gobierno los culpa. Piensan que eso les ayudará a “construir su imagen”.

No es eso, por cierto, lo que se necesita. No se trata de apoderarse de las luchas populares para construir membretes a partir de ellas ni convocar acciones para “declarar” en nombre de los pueblos. Se trata de hacer algo mucho más difícil, pero indispensable: unir, organizar, educar a las poblaciones desde la base misma de la sociedad. Es decir, construir un verdadero Poder Popular que permita a los trabajadores y al pueblo emerger y asumir, en su momento, la conducción real del país.

Los pueblos lo están haciendo a su manera, pero actúan sin orientación real, y de manera desarticulada. Por eso el proceso es complejo, y la victoria, incierta.

Por lo pronto, el gobierno se reagrupa, y se recompone a su manera. El Gabinete ministerial de Velásquez Quesquén tiene un claro sesgo confrontacional, "de choque". Su principal trípode de gestión está conformado por tres personalidades que tienen ejecutoria conocida: Rafael Rey en la cartera de Defensa; Aurelio Pastor en Justicia y Octavio Salazar en Interior, marcará el derrotero más agresivo en este Gabinete. Hay que advertirlo.

 

Más que un reto, constituye una provocación contra los trabajadores y el pueblo. Pero, para enfrentarlo, será indispensable corregir los errores, y no cosechar las derrotas.

 

 

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