Ni Nostálgicos, Ni Renegados

 

 

Cien años de la Revolución Rusa: La que mostró que era posible la conquista del poder por parte de los proletarios, campesinos, soldados e intelectuales.

 

Germán Leyens Mendoza. Parece inexorable que los aniversarios en números redondos generen una mayor cantidad de iniciativas en pos de su conmemoración. Así ocurrió cuando se cumplieron treinta años del asesinato de Ernesto Guevara, para los treinta años del golpe de Estado contra el gobierno de la Unidad Popular, los cien años del Partido Comunista de Chile, los cincuenta años de Quilapayun, etc. Y este año hay varias conmemoraciones que tienen esa característica: los cien años del natalicio de Violeta Parra y los cincuenta de su trágica muerte, los cincuenta años de la formación del Inti Illimani, los ciento cincuenta años de la publicación de El Capital, y otros tantos hechos más. Son momentos importantes para reflexionar y rescatar el legado y las enseñanzas que ha dejado cada acontecimiento en nuestra historia colectiva e individual.

 

Pero este año, además, hay un hecho histórico muy especial que cumple un siglo, y que es necesario considerar en la planificación de las actividades, ya que su conmemoración no puede ni debe pasar desapercibida para los comunistas, ni reducirse a una recordación meramente formal. Se trata de los cien años de la revolución rusa, de la revolución de octubre, de la revolución bolchevique, o como se prefiera llamarla. Nuestra historia política e ideológica está íntimamente vinculada a este acontecimiento, a su origen y desarrollo.

 

La primera revolución socialista de la historia, la que mostró que era posible la conquista del poder por parte de los proletarios, campesinos, soldados e intelectuales revolucionarios, organizados en su vanguardia política, los bolcheviques, y en los órganos del poder popular, los soviet, significó una conmoción mundial de dimensiones hoy desconocidas para una gran mayoría de nuestro pueblo. Más allá de los diez días relatados magistralmente por el periodista norteamericano John Reed, la conmoción mundial duró décadas, y significó un avance cuantitativo y un salto cualitativo para las luchas revolucionarias a escala mundial. La organización y desarrollo de partidos proletarios, sobre la base de los principios elaborados y puestos en práctica por Lenin, se extendió como un reguero de pólvora. La resistencia de los bolcheviques y el pueblo ruso a la agresión militar, política y económica de las principales potencias capitalistas contribuyó no sólo a la preservación de la revolución y el poder popular, sino también al desarrollo de la teoría política y militar, de la táctica y estrategia de los partidos revolucionarios en casi todos los continentes.

 

El posterior desarrollo de procesos de burocratización, deformaciones personalistas, dogmáticas y sectarias en la construcción del socialismo soviético, no puede ni debe ser eludido en esta conmemoración, ya que también perjudicó al movimiento comunista y revolucionario mundial, incluidos nosotros mismos (1). Pero, como dice el dicho, “hay que tirar el agua sucia pero no a la guagua”, y como esto no se dará por generación espontánea, hay que empezar a generar espacios de encuentro para impulsar iniciativas amplias y pluralistas, con rigor histórico y perspectiva político ideológica comprometida con la superación revolucionaria del sistema capitalista, superando tanto la reivindicación acrítica o anacrónica, como su rememoración “light”, despojada de todo contenido transformador.

 

Es posible, si nos lo proponemos, lograr que del análisis profundo, sistemático, de la revolución rusa, desde una multiplicidad de aspectos, políticos, ideológicos, sociales, culturales, se logren importantes conclusiones para el presente y el futuro que hoy vivimos. “El socialismo no es copia ni calco, sino creación heroica”, nos advirtió hace varias décadas Mariátegui. Por supuesto, no es creación desde la nada, sino desde la experiencia histórica de los pueblos.

 

La conmemoración de la revolución rusa no es un terreno neutral, motivo de coloquios académicos solamente. Es ámbito de lucha por su sentido y contenidos, muy estrechamente vinculados a debates y desafíos actuales. Es posible y necesario utilizar todo el acervo de la investigación histórica para esclarecer la verdad de los hechos desde la perspectiva de los intereses de los explotados y excluidos hoy en nuestra sociedad, y desde el horizonte revolucionario que nos da sentido como organización política.

 

Las actividades conmemorativas pueden y deben ser multifacéticas: historia, filosofía, arte y política deben ser puntos esenciales, ya que la revolución rusa posibilitó una verdadera explosión y manifestación de la energía y la capacidad creadora del ser humano en todas las fases de su actividad. Así lo demuestran sus obras literarias, pictóricas, teatrales, cinematográficas, musicales, para danza clásica y moderna, etcétera. Los aportes realizados desde la concepción marxista a la filosofía, las ciencias sociales, la psicología, pedagogía, lingüística, ciencias naturales, son también innumerables, hasta que comenzó el período del dogmatismo y estancamiento del marxismo como teoría y praxis revolucionaria. Es indudable que no se podrán abarcar todos los aspectos en la conmemoración de estos cien años, por más seminarios, congresos y encuentros que se organicen. Es necesario tener claro qué nos interesa priorizar en las actividades que impulsemos, en función de nuestras propias necesidades actuales para el debate político ideológico y para nuestra formación militante.

 

El Siglo 3 de marzo del 2017