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Al final, todo sale a luz

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Gustavo Espinoza M.

 

 

 

 

Al recordarse los 25 años del Golpe de Estado -5 de abril de 1992- Alberto Fujimori juzgó oportuno enviar a diversos medios de comunicación un mensaje a través del cual se enorgulleció de los infaustos hechos de entonces y se proclamó así mismo, nada menos que “arquitecto” de los sucesos de aquel día en el que fueran arrasados todos los mecanismos de la “democracia formal”, e instaurado un nuevo orden más bien autocrático, despótico y corrupto.  
 
Desde un inicio, dijimos que esa acción tenía propósitos más vastos que tan solo concentrar el Poder en una sola mano. Y señalamos que tras ella, estaba la mano del capital financiero y la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, empeñados ambos en adueñarse de un país que por poco se les va de las manos en octubre de 1968. 
 
En verdad, no podrían entenderse los acontecimientos de abril del 92, si no se tiene clara idea de lo que significó -para el Perú y América- la insurgencia de Velasco Alvarado 24 años antes.
 
El proceso militar peruano de la época tuvo profundo sentido patriótico y antiimperialista. Disparó en varias direcciones al mismo tiempo: puso en jaque el dominio yanqui en nuestro suelo al nacionalizar el petróleo y la gran  minería; asestó un  golpe mortal a la oligarquía exportadora al dictar la reforma agraria y colocar bajo administración  asociativa  los complejos agroindustriales de la costa; acabó con el latifundismo y la explotación humana  en  la sierra todavía feudal; derribó el poder de la “prensa grande” y toda su capacidad de  engañar y sorprender a la ciudadanía; abrió cauce a la industrialización y el desarrollo del país; dio pasos seguros en los planos de la educación y la cultura; y se entendió con  “la otra mitad del mundo”  estableciendo relaciones diplomáticas, económicas, comerciales, y aún militares,  con Cuba y la Unión Soviética en las barbas del Imperio. Eso, era mucho más de lo que la Casa Blanca estaba dispuesta a tolerar.
 
Para el gobierno de los Estados Unidos asomó el “triángulo rojo” en América Latina de los años 70, cuando sumaron las experiencias de Allende, Juan José Torres y Velasco Alvarado; y se irguió la amenaza más grandes cuando los militares progresistas peruanos tomaron contacto con Liber Seregni en Uruguay; Víctor Hugo Morales, en Venezuela; Carlos Prat, en Chile; Omar Torrijos, en Panamá; y núcleos de uniformados de ideas avanzadas en Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil.
 
Los imperialistas, en esa circunstancia, sintieron que la arena ardía bajo sus pies; y que el continente entero, podía “cambiar de rumbo”. Eso, sería el fin.
 
Se trataba entonces de modificar radicalmente ese escenario no sólo derribando a los adversarios de entonces, sino sobre todo asegurando que nunca más una experiencia de ese corte pudiera repetirse en el Perú o América. A fin de coronar ese objetivo, se empeñaron en asegurar dos propósitos: fascistizar a la Fuerza Armada y aplastar a los pueblos impidiendo un modelo económico que maniatara la principal fuerza productiva: los trabajadores.
 
Para el primero, usaron el Terrorismo de Estado al que justificaron presentándolo como “la única manera” de hacer frente a la “amenaza terrorista” de Sendero Luminoso.
 
Alguna vez se sabrá, cuántos de los actos atribuidos a esta organización terrorista fueron  realmente cometidos por ella, y cuántos más bien fueron ejecutados por los servicios de inteligencia y por la estructura del Estado en sus más diversos niveles. Horrendo crímenes, como Soccos, Accomarca, Llocllapampa, Pomatambo, Parcco Alto, Cayara, Huancapi, Santa Rosa y otras, fueron presentados a la opinión pública como “obra de Sendero”, o resultado de “enfrentamientos con patrullas senderistas”, que nunca ocurrieron. Fueron el resultado del accionar de unidades militares, enviadas para “castigar” a poblaciones olvidadas.
 
Y cuántos “Paros Armados”, torres derribadas, bombas explotadas, asaltos y robos adjudicados a “las huestes de Gonzalo” fueron, en verdad, autoría del Estado en el empeño de lograr un  doble propósito: intimidar a la población asustándola con la “incontrolable amenaza terrorista” envuelta en banderas rojas y símbolos revolucionarios; y hacer  que soldados y oficiales se mancharon -todos- las manos de sangre: odiar al pueblo y  hacerse odiar por el pueblo, fueron para los Mandos de la época dos caras de una misma medalla, el proceso de fascistización castrense, y el fin del vestigio de “izquierdismo” en las  instituciones armadas.
 
Hubo, sin embargo, algo que no pudo encararse en toda su dimensión entre 1975 -cuando fue depuesto Velasco Alvarado- y 1990. Ni Morales Bermúdez, ni Belaunde en su segunda gestión, ni García en su primera mandato; se atrevieron a derribar las conquistas sociales alcanzadas por los trabajadores ni a destruir el sector estatal de la economía, que garantizaba un elemental proceso de desarrollo.
 
Aunque esas administraciones derogaron algunos dispositivos laborales y cambiaron normas en el plano de las relaciones de trabajo; no pudieron destruir a la CGTP ni quebrar a los sindicatos, como era su sueño. Tampoco lograron demoler las empresas estatales y privatizarlas, como ambicionaban. El sector estatal de la economía siguió vigente, no obstante las reiteradas demandas de “privatización” lanzadas por la jauría neoliberal.
 
Para que el Neo Liberalismo concretara sus propósitos, fue preciso el Golpe de Estado de 1992. Alberto Fujimori, su ejecutor; no fue por cierto su “arquitecto”. NI lo concibió, ni lo diseñó. Apenas fue el sicario que degolló la economía del Estado, e hizo lo mismo con los trabajadores y sus derechos.
 
Hace algunos días, se conoció en Lima el tenor de la conversación telefónica que el lunes 20 de abril de ese año, sostuviera Alberto Fujimori con el entonces Presidente de los Estados Unidos George H.W. Bush.  En ella, el mandatario yanqui le dijo a AFF: “Entiendo que su prioridad número uno fue reintegrar al Perú con el FMI (Fondo Monetario Internacional), el Banco Mundial y el BID (Banco Interamericano de Desarrollo). Estados Unidos y Japón tomaron la iniciativa al formar el grupo de apoyo para lograr esto. Queremos continuar ayudando con las reformas económicas, cooperar en la lucha contra el narcotráfico, y ayudarlo a continuar con el buen trabajo que ha comenzado en combatir al terrorismo”.
 
Y si, en efecto, esa fue la “prioridad” del Golpe.  El arquitecto del mismo, no fue, entonces el “chinito de la yuca”, sino el FMI y la CIA, que actuaron al unísono cumpliendo ambos, escrupulosamente, su misión.
 
Aun se recuerdan hechos puntuales en la materia: Cuando Fujimori -antes de asumir el Poder- en junio de 1990 hizo escala en Nueva York para dirigirse a Tokio, fue recibido en el aeropuerto de la ciudad por Michel Candessus, el director del FMI, quien le ofreció “el oro y el moro” a cambio que aplicara el shock neoliberal reclamado por el sistema financiero y el BID. Meses después, se hizo popular la frase de éste: “música para mis oídos”, cuando se anunció el “ajuste” neoliberal del gabinete Fujimori / Hurtado Miller, de agosto del mismo año. 
 
Institucionalizar el terrorismo de Estado, doblegar la resistencia del pueblo, satanizar a la izquierda envileciendo sus símbolos más preciados y golpeando a sus organizaciones sociales; fue el preludio a la aplicación del “ajuste” neo liberal de entonces. Y fue éste sólo posible con el Golpe de Estado del 5 de abril.
 
Fujimori no “acabó con el terrorismo” ni “salvó a la economía”. Lo que hizo, fue suspender el “accionar senderista” que desplegó el Estado y entregar la economía nacional al FMI y al capital financiero. Para ambos efectos, fue capital la Constitución de 1993 que se mantiene vigente por la complicidad de la case dominante.
 
La verdad puede demorar, pero finalmente, todo sale a luz.
 

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