Fortalezas
y debilidades del Movimiento Popular
(a la luz de las experiencias del 9 de julio)
Por Gustavo Espinoza M (*)
Aún está fresca la experiencia del 9 de julio y en torno a la cual se ha escrito
mucho desde distintos puntos de vista. Una visión referida a la perspectiva del
movimiento, nos podría ayudar a comprender mejor el camino que tenemos por
delante, y que sin duda será decisivo para la lucha de nuestro pueblo por
derrotar al reducto reaccionario que luce tan arrogante, pero que no deja de
mostrar debilidades fundamentales.
Por razones de orden didáctico, es mejor que nos refiramos primero a las
fortalezas del movimiento popular, a fin que podamos, partiendo de ellas,
afirmar el camino del futuro. Ellas son, básicamente cuatro:
La voluntad unitaria de la gente, la exigencia de unidad que fluye de las
multitudes como un requerimiento urgente, un reto definido, preciso,
inaplazable. Para decirlo en palabras del Amauta, “las masas reclaman la unidad.
Las masas quieren fe. Y por eso su alma rechaza la voz corrosiva, disolvente y
pesimista de los que niegan y de los que dudan, y busca la voz optimista,
cordial, juvenil y fecunda de los que afirman y de los que creen”. Pero esa
unidad no puede quedarse en palabras ni en promesas. Tiene que reflejarse en una
conducta cotidiana, y en una acción permanente en función de los intereses
reales de los trabajadores y el pueblo. Pero requiere, además, de un programa de
lucha clara, de propuestas definidas, de un trabajo de bases sostenido, y de
alternativas extraídas de la rica experiencia del movimiento popular.
La reinserción de las masas en el escenario político, ocurrido luego de un agudo
proceso de desencanto y pesimismo, derivado de la división de la izquierda y de
las sucesivas derrotas del movimiento popular en los más diversos escenarios de
la confrontación social. En ellos, la izquierda oficial perdió la iniciativa y
el rumbo estratégico por hacer concesiones al oportunismo estrecho y al
electorerismo desenfrenado. Que esto, ahora sirva de lección. Las grandes masas
perciben esta realidad, y por eso se ha afirmado en esta coyuntura el liderazgo
de la CGTP y su poder de convocatoria, no obstante los reiterados esfuerzos por
suplir este comando fáctico, reemplazándolo por una “Coordinadora Político
Social”, que suma muchos membretes pero que carece objetivamente de autoridad y
fuerza de masas
La radicalización del proceso social, que paulatinamente polariza la vida
peruana y enfrenta a explotadores y explotados de manera aguda y constante,
obligando a las diversas fuerzas sociales y políticas a ubicarse en la trinchera
que les corresponde. Se trata, por cierto de la confirmación de una tesis
cuestionada por el oportunismo, y que reitera el principio universal de la lucha
de clases como motor del desarrollo y palanca del proceso social. La lucha de
clases, que existe y se afirma en la sociedad peruana exige un deslinde claro en
el seno del movimiento popular, para que nadie se haga ilusiones con las
fórmulas conciliadoras y “modernizantes” que pregonan sectores en el fondo
reformistas.
La posibilidad real de elegir un camino de cambio en la vida peruana, no
solamente por constatarse el fracaso absoluto de la clase dominante incapaz de
atender los retos de nuestro tiempo, sino también porque percibe de manera
concreta y directa que otros pueblos hermanos transitan ya por el derrotero del
futuro. Marchar hacia él, entonces, no solamente resulta posible, sino además
indispensable ante una crisis sin salida, como la que heredamos de que
administración que se descompone ante los ojos de nuestro pueblo. Eso obliga a
internacionalizar la lucha afirmando de modo resuelto y claro la solidaridad con
Cuba y el respaldo a los procesos liberadores de América Latina, a partir de
Venezuela, Bolivia, Ecuador y otras experiencias de nuestro continente.
Para cumplir a cabalidad con su misión esencial y cambiar de raíz el drama
nacional, tenemos el deber inalienable de superar las debilidades que constata
nuestro pueblo. Ellas pueden resumirse del siguiente modo:
La dispersión del movimiento popular, que hace que existan decenas de “partidos”
y centenares de “colectivos” y “núcleos” que procesan experiencias distintas y
que no atinan a definir objetivos precisos y prácticas concretas. Esto se
grafica en la dispersión de las luchas y en la carencia de organizaciones
sociales fuertes y bien estructuradas que representen con solidez los intereses
esenciales de la población. Esa debilidad hace que muchos vean con escepticismo
la capacidad operativa de la Izquierda y que afinquen más bien ilusiones en
otras vertientes y fuerzas que buscan ganar la iniciativa y perfilar sus
propuestas para sorprender a las masas. Esta dispersión no solamente afecta la
eficacia de las acciones populares, sino que confunde a diversos sectores de
nuestro pueblo que terminan de furgón de cola de fuerzas objetivamente
reaccionaria. El respaldo que encuentra aún el fujimorismo en algunos segmentos
del movimiento popular es la confirmación de esta realidad.
La debilidad de la clase obrera, producto en buena medida de la aplicación del
“modelo” imperante que ha generado el cierre de las fábricas, la quiebra de las
empresas formales y la precarización del empleo, así como la desregulación
absoluta de las relaciones de trabajo. Pero que es resultado también de la
insuficiente lucha ideológica orientada a afirmar el papel real de la clase
obrera como columna vertebral de un movimiento popular disperso y desorganizado,
que requiere urgente orientación y disciplina. Además, es la consecuencia de la
penetración, en el movimiento sindical, de instituciones reformistas -como las
ONGs- que pueden, en efecto, ser útiles a la organización sindical si las ayudan
en sus luchas, pero que perturban el accionar de los trabajadores cuando las
suplantan y les imponen concepciones no clasistas de marcado signo reformista.
La despolitización de las masas, que fue uno de los objetivos esenciales de la
clase dominante en el pasado reciente y que le permitió afianzarse en el Poder
destruyendo todo intento de resistencia por parte del movimiento popular.
Politizar a las masas implica asegurar que conozcan los problemas del Perú y del
mundo, que dominen el escenario en el que combaten y que tengan conciencia plena
de sus deberes esenciales. Politizar a las masas implica desplegar un amplio
trabajo de educación y formación de conciencia de clase, para lo cual resulta
indispensable discutir abiertamente con todos los trabajadores y el pueblo las
tareas y formas de acción en cada etapa de la lucha.
La ausencia de Vanguardia, es sin duda un hándicap fundamental en el proceso. El
papel de Vanguardia no lo juega nadie por decisión propia, ni tampoco nadie
puede reivindicarlo para sí como un derecho inalienable. El papel de Vanguardia
lo conquista quien es capaz de unir al movimiento, ganar la adhesión de las
masas y conducirlas por un camino seguro de victorias. Para ese efecto se
requiere tener no solamente decisión y voluntad de lucha, sino también una línea
justa y una estructura elemental que permita cumplir tareas básicas. Si la
Vanguardia abandona sus funciones y dedica sus esfuerzos a tareas menores,
perderá su ubicación de manera irremediable.
Ver lo ocurrido en todo el país entre el 8 y el 10 de julio pasado, apreciar en
toda su dimensión la magnitud de la lucha planteada y la capacidad de acción de
millares de peruanos comprometidos con la causa del Perú, ciertamente reconforta
y revitaliza. Y torna obligatoria la idea de visitar otra vez a Mariátegui para
escuchar su palabra cargada de sabiduría y consistencia. (fin)
(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera.
www.nuestra-bandera.com