|
Los
meses venideros se auguran como una primavera
caliente, jalonada por la tensión que crece
entre pedidos de financiamiento y el gobierno
central. Se anuncia una agregación de demandas
sectoriales y regionales en una intensidad que
no se registra desde los últimos años de la
década pasada, cuando a las exigencias
sindicales se añadieron las regionales, a las
que luego se sumó la movilización democrática.
Tratándose de momentos distintos –ahora existe
un régimen democrático– operó en ambos casos,
sin embargo, un elemento catalizador: los
frentes regionales, un fenómeno peruano sobre
el que habría que instalar una observación
objetiva.
Los frentes regionales actuales son herederos
de los Frentes de Defensa de los Intereses del
Pueblo (FEDIP), vieja formulación de la
izquierda de los años 70 con la que por un
lado pretendían potenciar las nuevas fuerzas
sociales, particularmente los pueblos jóvenes
en las grandes ciudades, y, por el otro,
acumular fuerzas distintas al sindicalismo
tradicionalmente dominado por el PC. Los FEDIP
tuvieron corta vida, no obstante participaron
con dinamismo en la lucha contra la dictadura
militar de Morales Bermúdez.
Su segundo debut fue, precisamente, en los 90,
aunque para entonces el concepto había
evolucionado: las demandas regionales se
habían transformado en el paradigma del
desarrollo regional, paraguas bajo el cual
cabían exoneraciones tributarias (Frente
Patriótico de Loreto), facilidades aduaneras
(Frente Patriótico de Tacna), reconstrucción
de ciudades afectadas por el Niño (Frente
Cívico para la Reconstrucción y Desarrollo de
Ica), resistencia a la privatización de los
puertos (Frente de Defensa y Desarrollo de la
provincia del Santa), construcción de vías
(Asamblea Regional del Cusco), entre otras
exigencias. Esta vigencia alcanzó a inicios de
la década y tuvo en el Frente Amplio Cívico de
Arequipa (FACA) al protagonista del
"arequipazo" contra la privatización de las
empresas Egasa y Egesur en el 2002. Debido a
ese dinamismo, los frentes regionales
participaron en la gestación del Acuerdo
Nacional.
La instalación de los gobiernos regionales
debilitó los frentes por 4 o 5 años. Fue el
periodo en que la autoridad regional
concentraba la legitimidad territorial y la
intermediación con el gobierno central. En la
nueva etapa, lo primero y segundo están en
crisis, salvo excepciones. Un dato es
relevante: los gobiernos regionales menos
populares tienen al costado frentes regionales
crecientemente vigorosos, que pasan a liderar
de manera más eficaz las coaliciones
distributivas regionales. Lo que sucede en
Ayacucho y Moquegua es ejemplo de ese traslado
de competencias y un mensaje claro a los
presidentes regionales sindicalistas y
populistas que reducen su labor al reclamo
ante Lima: sin ataduras institucionales, los
frentes pueden exigir con más suerte y menos
rubor callejero. Pero es también un aviso al
actual esquema de distribución presupuestal
enviado al Congreso: es necesario recortar
ahora, pero no debe hacerse con la simplicidad
con la que se corta un queso.
|