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“Katiusha” -diminutivo cariñoso para
Yekaterina (Yekaterina-Katia-Katiusha)-, la
canción, que vino al mundo en 1938 con música
de Matvey Blanter (1903-1993) -aunque hay
quien dice que éste la tomó de la ópera Mavra
(1922) de Stravinski- y letra del poeta ruso
Mijaíl Isakovski (1900-1973). La letra,
traducida recientemente al castellano por
Antonio Javier 'Tonxabar', dice así:
«Manzanos y perales estaban florecidos, /
Sobre el río suspendida la niebla matutina, /
La joven Katiusha subió a la rivera alta, /
Del río la empinada rivera en la niebla.
En la rivera Katiusha comenzó a cantar / De
una orgullosa águila gris de la estepa, / De
una Katiusha enamorada tan profundamente, / De
quien cuyas cartas ella ha guardado.
Oh, canción, brillante canción de una
doncella, / Vuela al sol, vuela como un pájaro
/ Al soldado en el lejano frente / De Katiusha
lleva un saludo.
Déjale pensar en una sencilla doncella
oriunda, / Déjale oír la clara canción de
Katiusha, / Guardará la tierra de su querida
patria, / Y su amor Katiusha mantendrá fuerte.
Manzanos y perales estaban florecidos, / Sobre
el río suspendida la niebla matutina, / La
joven Katiusha subió a la rivera alta, / Del
río la empinada rivera en la niebla.»
La canción, que por la sencillez de su melodía
conoció rápidamente la popularidad, se
convertiría durante la Segunda Guerra Mundial
en el equivalente soviético de “Lili Marleen”.
Fueron los soldados soviéticos quienes dieron
el nombre de “Katiusha” a los lanzacohetes
BM-8, BM-13 y BM-31 que hoy se siguen
empleando en numerosos conflictos, algunos de
ellos no muy lejanos de la tierra que los vio
nacer.
Cómo una canción tan sensiblera a nuestros
oídos pudo calar tan hondo en los soldados del
Ejército Rojo no es de extrañar si se tiene en
cuenta los rigores propios del frente, pero
también que cada día, todos los días que duró
la guerra, tenían que alzarse al ritmo de los
martilleantes compases trágico-heroicos de
Sviashchennaia-vojna (“La guerra sagrada”) de
Vasily Lebedev-Kumach y Aleksander Aleksandrov,
el músico favorito de Stalin, compositor del
“Himno de la URSS” -que sustituyó,
significativamente, a “La Internacional” como
himno del país- y, en fin, representante de
ese estilo efectista y con aires de marcha
militar que los compositores modernistas
asociados al movimiento obrero internacional
(como Hanns Eisler) detestaban.
“ Katiusha” transmigró a Italia de la mano del
médico y partisano Felice Cascione
(1918-1944), quien adoptó la música de la
canción a la letra de su Fischia il vento
(“Sopla el viento”), que junto con Bella Ciao
y La Brigata Garibaldi devino una de las
canciones más famosas de la resistencia
antifascista en Italia.
Ruslanova
Los setenta años de Katiusha coinciden con el
35 aniversario de la muerte, el próximo 21 de
septiembre, de su más famosa intérprete,
Lidiya Ruslanova (1900-1973). Ruslanova es uno
de aquellos personajes atravesados por las
contradicciones de la historia soviética,
instrumento de una nomenklatura que pasó
rápidamente de aplaudirla a desterrarla al
gulag.
Nacida en el seno de una familia campesina,
oriunda de una pequeña aldea a las afueras de
Saratov a orillas del río Volga, Lidiya
Ruslanova fue entregada a un orfanato tras la
temprana muerte de su madre. Sin formación
musical alguna entró en el coro infantil de la
parroquia, del que destacó prontamente, siendo
nombrada solista. Se dice que ya entonces su
extraordinaria voz atraía a la gente de las
afueras de Saratov a los conciertos.
«Las canciones fueron mis niñeras. Me
enseñaron todo lo que se le puede enseñar a
una persona. Me criaron, me educaron, me
ayudaron a entender mejor el mundo», declaró
en una ocasión Ruslanova. «¿Qué hubiera sido
sin las canciones? Cuando, siendo una huérfana
pobre, me gané mi primer pan cantando, mi
abuela me regañó: '¡Dios mío, qué vergüenza!
¡Cantar y bailar para ganarse el pan!”, dijo.
Pero yo no me avergonzaba... Después del
orfanato, cuando trabajé para una fábrica de
muebles, todo el mundo me ayudaba con mis
canciones. A los 17 ya era una artista con
experiencia sin miedo a nada: ni al escenario
ni al público», recordaba.
En la guerra civil rusa (1917-1923) Ruslanova,
que ya se había establecido como cantante
profesional en un espectáculo de variedades en
Rostov del Don, empezó a cantar para los
soldados. El éxito motivó su traslado a Moscú,
donde conoció el éxito. Lo que más asombraba,
al parecer de los críticos de la época, era el
timbre de su voz y su peculiar estilo vocal,
que revivía la tradición rusa de las solistas
femeninas que cantaban durante las fiestas
tradicionales. No todo fueron alabanzas, por
supuesto. Uno de los críticos escribió sobre
Ruslanova: «los delantales y los zuecos hace
mucho tiempo que pasaron de moda [....]
Ruslanova tendría que reconsiderar su posición
en la escena contemporánea». Quien lo escribió
hubo de ser, seguramente, uno de los últimos
portavoces de la modernidad soviética,
especialmente crítica con los resabios de la
atrasada cultura campesina que sobrevivían en
la URSS, idealizada, exactamente igual que en
Europa occidental, por el velo romántico del
meshchanstvo (el pequeño burgués). Como es
sabido, la política cultural estalinista,
atada a la de la “construcción del socialismo
en un solo país”, desempolvaría los viejos
mitos nacionalistas en búsqueda de la
legitimación de esta última.
En este contexto favorable, Ruslanova, que en
1933 había empezado a trabajar como artista de
la Asociación estatal de espectáculos
musicales, circenses y de variedades, vino a
convertirse en el símbolo de la Madre Patria
ya en los primeros días de la Gran guerra
patriótica, infundiendo ánimo y esperanzas a
los soldados. Los conciertos en primera línea
de frente fueron habituales y, ocioso es
decirlo, en condiciones muy precarias. En
algunos de ellos Ruslanova, como muchas otras
cantantes, cantó a los soldados desde la parte
trasera de una camioneta, como testimonian
algunas fotografías de época. La fama trajo
consigo dinero, y Ruslanova se convirtió en la
mujer más rica de la Unión Soviética e incluso
llegó a financiar, en un predecible golpe
publicitario, la construcción de dos baterías
“Katiusha” en 1942. Ese mismo año se le
concedió el título de Artista de Honor de la
República Socialista Federativa Soviética de
Rusia. En 1945 llegó a Berlín con las tropas
soviéticas, y en las escaleras de un Reichstag
reducido a escombros cantó canciones
tradicionales rusas a los soldados.
Nada de lo anterior salvó a la Ruslanova
cuando, finalizada la Segunda Guerra Mundial,
se retomó la represión estalinista allí donde
ésta se había interrumpido por el comienzo de
las hostilidades. En 1948 el marido de
Ruslanova, un comandante del cuerpo de
caballería del General Vladimir Kryuchov a
quien había conocido en el frente, fue
arrestado por la policía. Poco después le
seguiría la propia Ruslanova. Como se
descubrió más tarde, la verdadera razón tras
la detención del matrimonio era la amistad de
Kryuchov con el mariscal Georgy Zhukov, cuya
fuerte personalidad y éxitos militares habían
convertido en un formidable opositor político
a Stalin. Ruslanova fue presionada para firmar
una falsa acusación, inculpando a su marido de
traición, pero se mantuvo firme y fue
condenada a diez años de trabajos forzados por
difundir rumores y realizar actividades anti-soviéticas.
Fue encarcelada en Vladimirsky Tsentral hasta
la muerte de Stalin en 1953, fecha en que fue
liberada, restituida su figura, y pudo volver
a los escenarios, donde continuó cantando
hasta su muerte en 1973. El público nunca dejó
de pedirle las dos canciones que se
compusieron expresamente para ella: “Valenki”
y “Katiusha”. Los astrónomos soviéticos
bautizaron a uno de los cráteres de Venus con
su nombre.
“Katiusha” sigue siendo hoy una canción
inmensamente popular, cantándose en
innumerables versiones musicales cada 9 de
mayo (día en que se conmemora la victoria del
Ejército Rojo sobre las potencias del Eje). La
doncella que cantaba, entre la neblina
matutina, de « una orgullosa águila gris de la
estepa » no ha conseguido escapar de la
persecución del actual gobierno ruso, pronto a
alistar a los viejos mitos soviéticos para la
defensa de los intereses económicos de su
elite dirigente. Y ahora Katiusha -por
parafrasear a Heiner Müller- bajo las orugas
de los tanques se pudre.
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