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La conspiración y la Torre de Babel
Alberto Adrianzén Merino. (*)



Si alguna imagen resume y expresa al mismo tiempo el paro nacional del 9 de julio, esa es la Torre de Babel. No sólo por la diversidad de plataformas y demandas levantadas sino también por la pluralidad de lenguajes utilizados en el día de la protesta. Lo mismo se puede decir del mitin en la Plaza de Dos Mayo. La imagen de la Torre de Babel fue la que mejor reflejaba la situación en esa plaza.

Y es que el paro nacional ha sido, como hemos dicho en este mismo diario (10/07/08), una suma de paros regionales y sectoriales. Cada uno con sus demandas y lenguajes propios. Los objetivos han sido múltiples: el gobierno aprista, varios gobiernos regionales, algunas alcaldías provinciales, la situación en el agro, la ley de la selva, el tema de las comunidades campesinas y nativas, la presencia de militares norteamericanos, los transgénicos. En fin, una lista tan larga que más parecía la agenda legislativa actual que tiene cerca de cien temas "prioritarios". Que ello sea así, es decir esta diversidad de temas, muchos de ellos urgentes y en espacios tan distintos, muestra claramente la dificultad de la política.

Sin embargo, la diversidad no tiene por qué verse como un problema. El teólogo Gustavo Gutiérrez (que acaba de cumplir 80 años para orgullo de los peruanos y de los pobres) dijo alguna vez que había que reinterpretar la historia de la Torre Babel: lo que muchos consideran como un castigo hablar en lenguas distintas, también puede concebirse como una liberación. Hablar en un lenguaje diferente al del poder –que todo lo uniformiza y que en el caso de la Torre de Babel quería llegar hasta el cielo para desafiar a Dios– es un paso adelante y un componente importante en un proceso de autonomización.

Por ello, la diversidad –que muchos llaman despectivamente intereses locales y regionales– no debe ser visto como una limitación o estado primario de los que protestan. Demandar de ellos un comportamiento "racional", pedirles que levanten unos supuestos intereses nacionales desplazando así sus demandas locales o sectoriales, es, en verdad, una irracionalidad, puesto que irían en contra de sus propios intereses.

El problema por lo tanto no es que exista una diversidad de demandas (o lenguajes) sino más bien la incapacidad de los políticos y de la propia política para dar un sentido distinto a esa diversidad (un nuevo lenguaje político) y un cauce institucional a las demandas. En todo movimiento de protesta siempre hay una lucha en la que se enfrentan dos lenguajes: el del poder, que intenta imponer su retórica uniformizadora, y el de aquellos que protestan, que buscan mantener su propio lenguaje como expresión de que son distintos. Por eso, toda autoridad política es también una autoridad lingüística ya que el lenguaje, como se dice, prefigura un mundo.

Y así como el lenguaje de los que protestan se puede sintetizar en la palabra "Torre de Babel", el lenguaje del poder se puede resumir en otra muy distinta: "conspiración". En los días previos y posteriores a la protesta, lo que ha "dicho" el poder es que la misma no es más que una conspiración de los llamados enemigos de la democracia y de la libertad.

El presidente García, al día siguiente del paro nacional, además de justificar el indecoroso "vladispot", lo que muestra el deterioro moral del gobierno y del partido aprista, dijo a la prensa: "Aquí estamos ante una maquinación… Yo no soy ignorante respecto a que hay una conspiración en marcha, así como dicen que tenemos que ir hacia una república andina, aymará, bolivariana, hay alguna gente que quiere hacer eso pero por la fuerza".

Que el poder diga que estamos ante una conspiración en marcha, es una manera no solo de negarse a dialogar con los que protestan sino también de rechazar sus demandas. Nadie dialoga con los conspiradores, más aún si ellos pretenden el poder. Por eso, nada debemos esperar de este gobierno (aprista), salvo, claro está, más de lo mismo y en mayores dosis. Aquellos que han querido ver luego del paro una tibia apertura del gobierno, que plantean un TLC interno o que creen que hay un problema de comunicación con la población, parecen ilusos.

Lo que se viene en el corto plazo será más bien una abierta polarización, que el propio gobierno promoverá contra los opositores políticos. En este contexto construir una representación de la protesta, es decir una autoridad política capaz de fundar un lenguaje compartido que incorpore a los otros y que cree una identidad colectiva, es una de las tareas más complejas y difíciles que hoy tiene la oposición. Más aún cuando lo que se viene después del paro es el famoso viraje autoritario que el propio presidente reclama, es decir, la derrota de la oposición o el triunfo del rey que mandó a construir la Torre de Babel.

(*) www.albertoadrianzen.org

 

   
 

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