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Hace algún tiempo, mientras volaba de
Arequipa a Lima, tuve la grata ocasión
de deleitarme contemplando las miles de
verdes y frescas hectáreas de la
Irrigación de Majes, que se imponían,
victoriosas, al seco e inhóspito
desierto. Recordé, entonces, la visión
de esa pampa en 1955. Si el tiempo no
hubiera transcurrido, habría podido
decir, como en los cuentos de hadas, que
esa maravilla había aparecido en un
abrir y cerrar de ojos por obra de
encantamiento.
Cuando era niño, solía caminar al lado
de la acequia de gran caudal que
contornea el Parque Selva Alegre, de
Arequipa. Las personas mayores contaban
que era la obra de un nutrido grupo de
agricultores arequipeños que, a fines
del siglo diecinueve, se habían lanzado
a la epopeya de construirla, armados de
lampas, picos y barretas, conducidos por
un sacerdote apellidado Semanat. Se
ponderaba también las irrigaciones del
Cural y de La Joya, ya existentes, pero
se soñaba, sobre todo, con la irrigación
de Majes, a la que se imaginaba anidada
en un futuro muy lejano, por no decir
irrealizable.
Y el tiempo fue pasando, y un día trajo
la oportunidad que muchos arequipeños no
habían dejado de esperar.
Entre 1970 y 1975, el general José
Graham Hurtado presidía el Comité de
Asesoramiento de la Presidencia de la
República (COAP), un órgano compuesto
por doce coroneles de las Fuerzas
Armadas, encargado de estudiar los
proyectos de disposiciones legales y
otras decisiones sobre las que debía
pronunciarse el Consejo de Ministros. El
Presidente de la República era el
general Juan Velasco Alvarado. Yo
trabajaba, entonces, como asesor del
Gobierno en Legislación Laboral y
Seguridad Social, y por mi función debía
asistir a las reuniones del COAP que se
celebraban en el Palacio de Gobierno.
Graham Hurtado dirigía los debates del
COAP con gran destreza, escuchando a los
expositores sin un asomo de
autoritarismo y aportando ideas que le
brotaban copiosas, aun en los temas más
complejos y especializados. Su línea
central de pensamiento, como la de
Velasco Alvarado y la del nutrido grupo
de oficiales y civiles que impulsaban la
Revolución, era arrancar a nuestro país
del atraso secular en el que lo habían
sumido la oligarquía y el gamonalismo,
promover el desarrollo económico y
elevar el nivel de vida de las mayorías
sociales. Por mi función, yo trataba con
frecuencia con Graham Hurtado y, como
era natural, por una empatía mutua y
nuestras raíces afirmadas en la misma
ciudad, llegamos a cultivar una amistad
que trascendió la relación
exclusivamente política.
José Graham Hurtado había nacido en 1917
en Arequipa, y pasado su infancia y
juventud en el antiguo barrio de San
Lázaro de esta ciudad. En 1937, ingresó
a la Escuela de Clases de Chorrillos y,
tras dos años en la tropa y alcanzar
vacante en el examen de ingreso, se
incorporó a la Escuela Militar de la que
salió con el despacho de subteniente el
1942. Era alto y rubio, como su abuelo
paterno, un escocés que llegó a Arequipa
a comienzos del siglo veinte a trabajar
en el Ferrocarril del Sur. Sus ademanes
enérgicos y hablar desenvuelto eran el
vehículo de su extraordinaria
inteligencia y apetencia por captarlo
todo. Lo había conocido en 1946 cuando
él era teniente y prestaba servicios en
el Colegio Militar Leoncio Prado al que
yo había ingresado ese año.
En 1970 hablamos de la irrigación de
Majes. Él quería que se hiciera de todas
maneras. Y, como podía lograrlo por su
poder político, se puso en marcha sin
dilación. La primera norma que tramitó
para realizar esa portentosa obra fue el
Decreto Ley 18375, aprobado el 21 de
agosto de ese año, por el que se declaró
de necesidad y utilidad pública la
ejecución del Proyecto Majes. Le siguió
el Decreto Ley 18721, del 8 de enero de
1971, creando la Dirección Ejecutiva del
Proyecto. Pese a su importancia, sin
embargo, estas normas no bastaban. Sin
dinero, la irrigación de Majes seguiría
siendo sólo un anhelo. Y Graham Hurtado
se encaminó a alcanzar ese objetivo, con
la anuencia de Velasco Alvarado, quien
estaba convencido de que Majes debía
hacerse. La gestión ante el Banco
Mundial y el Banco Interamericano de
Desarrollo fue decepcionante, porque
negaron de plano los préstamos para esta
obra. El financiamiento debía asumirlo,
por lo tanto, el Estado, y así fue: el
23 de setiembre de 1971, se aprobó el
Decreto Ley 18970, por el cual se
autorizó al Poder Ejecutivo la
contratación de un préstamo de
cuatrocientos millones de soles con el
Banco de la Nación y el Banco de Fomento
Agropecuario, destinado a comenzar la
ejecución del Proyecto. Para procurarse
los recursos que faltaban, que eran la
mayor parte, se conformó una comisión a
la que se le facultó buscarlos en
Europa.
Luego de dos años de tratativas, se
interesaron seriamente las compañías
Tarmac Construction Ltd. de Inglaterra,
AB Skanska Cementjuterlet de Suecia,
Concord Co. de Sudáfrica, Entrecanales y
Tavora S.A. de España y The Foundation
Co. of Canada Limited de Canadá, con las
cuales se conformó el Consorcio de Majes
—MACON— para la ejecución del proyecto.
El contrato entre esta asociación y el
Estado peruano, que asumía el pago de la
deuda, fue firmado el 6 de marzo de
1974, y los trabajos comenzaron de
inmediato. Se captó las aguas del río
Colca con la Toma de Tuti y se construyó
la represa de Condoroma con capacidad
para embalsar 300 millones de m3 de
agua. Se perforaron túneles y talaron
canales en la roca dura a lo largo de 70
kilómetros. Y así la aspiración de
contar con esta obra comenzó a trocarse
en realidad tangible. Lo demás vendría
por su propio peso. Un gobierno
oligárquico o embanderado con el
capitalismo hubiera entregado esas
tierras a las familias de la plutocracia
o a compañías extranjeras. Eso no podía
suceder con el gobierno de Velasco. Las
tierras de la Irrigación de Majes fueron
destinadas a los agricultores pequeños
y, luego, el pueblo de Arequipa obligó a
los gobiernos siguientes a respetar esa
decisión. Cuando fue puesta en servicio
esta primera etapa de la Irrigación en
1985, las 14,930 hectáreas listas para
ser cultivadas fueron entregadas a casi
3000 agricultores en lotes de 5
hectáreas, confiando en que sabrían
honrar el pago de su costo que la nación
había asumido generosamente.
La primera etapa de Majes fue muy cara,
en verdad. Pero era una obra necesaria,
porque la frontera agrícola debía
expandirse y por la elevada
productividad del trabajo de los
agricultores arequipeños que garantizaba
el retorno de la inversión.
La mayor parte de las tierras agrícolas
de nuestro país fue ganada a la
naturaleza por los Incas y otras
culturas precedentes, a costa de un
trabajo bien planificado, tenaz y
persistente de búsqueda de fuentes
acuíferas y construcción de canales y
acequias para llevar el agua a las
chacras, cuya extensión aumentaba en la
medida del crecimiento de la población.
Fue un trabajo de siglos. Los
conquistadores españoles se apoderaron
de esas tierras y sometieron a sus
pobladores a servidumbre por la
violencia. Ni ellos ni sus
descendientes, que heredaron esas
tierras usurpadas y los seres humanos
que las trabajaban, añadieron una sola
hectárea al cultivo, y, por el
contrario, dejaron perder muchas
tierras. En el siglo diecinueve fue
igual. Sólo desde comienzos del siglo
veinte el Estado emprendió algunas
irrigaciones. Durante el gobierno de
Augusto B. Leguía, a partir de 1923, se
hizo la irrigación de El Imperial, en
Cañete, a iniciativa y bajo la dirección
del ingeniero californiano Charles
Sutton.[1] Las 4,000 hectáreas
resultantes fueron entregadas a 600
familias por consejo de este gran
visionario del progreso de la
agricultura, que impulsó también el
control del agua por el Estado a través
de las Comisiones Técnicas de Riego.
El gobierno de Velasco Alvarado llevó a
cabo otras irrigaciones importantes,
como el comienzo del Proyecto
Chira-Piura y la conclusión de la
Represa de Poechos, la derivación del
río Chira al Piura, el sistema de
colectores del Bajo Piura, el canal
Taymi del Proyecto Tinajones y el
Estudio Definitivo de la Primera Etapa
del Complejo Hidroenergético y de
Irrigación de Olmos, propuesto en 1924
por Charles Sutton. Todas ellas fueron
impulsadas, en definitiva, por Juan
Velasco Alvarado y José Graham
Hurtado.[2] Antes de este gobierno, los
hacendados de las regiones en las que
esas obras se efectuaron se habián
opuesto a ellas por su recelo de perder
el control del agua de riego y su
oposición a que las nuevas tierras
fuesen distribuidas a los pequeños
agricultores.[3]
18/5/2012
* Profesor Emérito de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos.
[1] Jorge Basadre, Historia de la
República del Perú, Edit. Universitaria,
1968, t. XVI, pág. 271.
[2] José Graham Hurtado falleció en
2001, a los 84 años de edad.
[3] Cfm. de Ricardo Apaclla, Fernando
Eguren, Antonio Figueroa y María Teresa
Oré, Las políticas de riego en el Perú,
en Internet. |