La Izquierda peruana: claves de lectura

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 Jorge Rendón Vásquez

 

 

La llamada izquierda peruana de hoy arribó a la experiencia electoral como un alud en la campaña para la conformación de la Asamblea Constituyente de 1978.


Antes hubo otra experiencia de la izquierda, sin relación con aquella y extinguida luego de su breve momento. Sucedió en las elecciones políticas de 1931. Entonces, el Partido Aprista, que era aún de izquierda a pesar de su retroceso ideológico en relación a las propuestas anteriores de Haya de la Torre, obtuvo el 35.38% de la votación y veintitrés representantes frente al 50.75% del Partido Unión Revolucionaria del comandante Luis M. Sánchez Cerro. El Partido Socialista, fundado el 18 de octubre de 1930, también de izquierda, logró colocar a cuatro representantes. Después, el Partido Aprista se lanzó a una irrefrenable carrera hacia la derecha, y el Partido Socialista se redujo, andando los años, a una sola célula compuesta por su jefe asistido por su esposa.


En las elecciones de 1962, se presentaron tres grupos de izquierda, dos de los cuales fueron en cierto modo antecedentes de otros posteriores, con los siguientes resultados: Frente de Liberación Nacional, presidido por el general César Pando Egúsquiza, 2.04%; Partido Socialista de Luciano Castillo, 0.99%; y Movimiento Social Progresista liderado por Alberto Ruíz Eldredge, 0.54%. El Partido Demócrata Cristiano, dirigido por Héctor Cornejo Chávez, de centro derecha en ese momento, obtuvo 2.88%.


Los importantes cambios económicos, sociales y jurídicos del gobierno del general Juan Velasco Alvarado, desde octubre de 1968 hasta agosto de 1975, suscitaron, por un lado, el apoyo de gran parte de la población, constituida sobre todo por trabajadores y campesinos, y, de otro, la oposición de casi toda la burguesía, de una parte de la pequeña burguesía y de las familias propietarias de tierras afectadas por la Reforma Agraria.


Cierto número de esos opositores, que no pertenecían a los partidos tradicionales, se reunieron en nuevos partidos y movimientos, algunos autodenominados de izquierda, y continuaron su actividad contra Morales Bermúdez. Tanto ellos como los grupos simpatizantes del velasquismo se confundieron en una sola corriente contra aquel, quien tuvo que convocar a elecciones para constituir una Asamblea Constituyente y abandonar después el poder. Las elecciones se efectuaron el 18 de junio de 1978, y su resultado fue el siguiente:
Centro derecha: Partido Popular Cristiano, 23.79%; Partido Aprista Peruano, 35.34%; Movimiento Democrático Peruano (pradista), 1.95%; Unión Nacional (odriista) 2.11%. Total: 63.19%.


Izquierda: Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular (FOCEP, coalición trotskista y otros), 12.32%; Partido Comunista Peruano (prosoviético), 5.91%; Frente Nacional de Trabajadores y Campesinos (FRENATRACA), 3.86%; Acción Revolucionaria Socialista, 0.57%; Unidad Democrático Popular, 4.58%; Partido Socialista Revolucionario (velasquistas), 6.62%; Partido Demócrata Cristiano, 2.37%. Total: 36.23.


Hasta ese momento, los grupos de izquierda procedían de cinco vertientes políticas: el Partido Comunista, el trotskismo, los exapristas críticos de la jefatura de su expartido, los simpatisantes del socialcristianismo y los velasquistas. Coincidieron en incluir en la Constitución las normas que aseguraban muchos de los cambios realizados por el gobierno de Velasco Alvarado, los nuevos derechos laborales y de seguridad social y otras disposiciones de beneficio popular.


En las elecciones de los años siguientes, los grupos de izquierda fueron perdiendo adherentes y votos.
No figuraron en las elecciones de 2001.


En las de 2006, el Partido Socialista (Javier Diez Canseco) alcanzó 0.5%; y el Movimiento Nueva Izquierda (Patria Roja y sus aliados de la misma tendencia) 0.23%. Por lo tanto, la llamada izquierda casi había desaparecido del panorama electoral, sin pena ni gloria.


Los heterogéneos grupos de izquierda nunca intentaron unirse y, antes bien, se combatieron acremente. Tampoco ofrecieron un proyecto de una nueva sociedad o de cambios necesarios en el país, ni propusieron algun proyecto de norma declarativa de algún derecho social. Como los magos cuando pasan la capa encima de la mesa se podría decir: nada por aquí, nada por allí.


En las elecciones de 2011, algunos adherentes a grupos de izquierda, salidos de la pequeña burguesía, fueron aceptados por Ollanta Humala en su lista o se afiliaron a su partido. Creyeron haberlo convencido para hacer algo más. Este candidato obtuvo en primera vuelta 31.72%, y algunos de aquellos izquierdistas fueron elegidos representantes al Congreso de la República.


Aunque la mayor parte de electores (algo más de veinte millones ahora) critican la parcialización de los gobiernos con los grandes intereses económicos, la corrupción y su falta de interés por resolver los problemas nacionales, incluso si los afectan, no se inclinan a apoyar a los candidatos de izquierda, no creen en ellos y prefieren a los candidatos de otras tendencias. En mucho deciden su voto influidos por el poder económico que, de ese modo, controla la composición de los poderes legislativo y ejecutivo, los gobiernos regionales y las municipalidades.


En definitiva, la democracia en nuestro país es un procedimiento de cobertura del poder político por la burguesía y por algunos grupos de la pequeña burguesía que pueden pagar la inscripción de sus candidatos en las listas de los partidos, financiar las campañas, comprar propaganda en los medios y ser auspiciados por el poder económico. Están fuera de este juego las clases trabajadoras y otros grupos populares carentes de recursos para participar en él, y sin la menor posibilidad intelectual de crear un movimiento ideológico por sí, ni organizarse políticamente. Más aún, algunos grupos que por declararse marxistas debieran ayudar a los trabajadores a ilustrarse sobre su función histórica, pasan su vida discutiendo temas que dividían encarnizadamente a las facciones socialistas europeas hace más de cien años.


Observando a varios grupos y coaliciones de izquierda, admitidos como actores en los escenarios de la prensa y abocados a definir sus candidaturas, se puede constatar lo siguiente:


Más que grupos con cierta cohesión teórica y permanencia, son conglomerados circunstanciales de personas con cierta figuración, en gran parte gracias al poder mediático, como representantes al Congreso de la República, periodistas, funcionarios, empresarios, exmilitantes del Partido Nacionalista y otros. Algunos son fotogénicos y han aprendido a sonreir y ninguno presenta rasgos indios y afro. Como no hay un criterio racional para definir a la izquierda, les basta autocalificarse de izquierdistas. En casi todos se vislumbra a caudillos en ciernes movidos por la coyuntura de las próximas elecciones. Carecen de un proyecto integral de sociedad y de gobierno y no les interesa tenerlo. Viven asustados de que los periódicos y las pantallas de televisión se les tiren encima. Pero como algo tienen que ofrecer, sus promesas incluyen ciertos lugares comunes, aderezados de críticas insustanciales a los gobiernos presente y pasados, a la corrupción, al peligro de la contaminación ambiental por ciertas empresas mineras. En otras palabras, es la izquierda que la derecha necesita.


Tampoco los aventureros que llegaron al poder político desde 1990 ofrecieron nada. Si se revisa sus programas se verá que no contenían ninguna acción en concreto a favor de las mayorías populares. Sin embargo, sus brumosas promesas impactaron a quienes votaron por ellos, y les confirieron así el poder de gobernar bajo el comando de los más grandes empresarios.


Comparando esta situación con la de la izquierda de otros países de América Latina (Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua, Venezuela) uno se pregunta por qué en el Perú no llega a cuajar un movimiento serio de izquierda con la posibilidad de ser gobierno. Pienso que la respuesta está en nuestra historia. Muchos han heredado en nuestro país los hábitos de la sociedad virreynal, tan ferreamente controlada por la corona española, en particular en Lima, maneras de ser reproducidas de generación en generación. Entre esos hábitos perviven el caudillismo feudal y la resistencia a la organización, el temor generalizado a los descendientes blancos de los encomendaderos, virreyes y oidores de la audiencia, la genuflexión adornada de melindres apicarados ante los que más tienen, las recomendaciones para acceder a los empleos públicos, la adulación, y cierta tendencia a la superstición y a los dogmas. Tales rasgos no llegaron a implantarse con tanta fuerza en otros países y, por consiguiente, la mente de sus sujetos estuvo mas predispuesta comportarse socialmente de otro modo, admitiendo y cultivando nuevas influencias culturales.
Obviamente la pregunta que surge como colofón es ¿qué hacer frente a esto?


Yo diría comenzar por el principio: reunirse para tratar de definir un proyecto de los cambios que nuestra sociedad requiere en todos sus ámbitos, fundamentalmente en la economía, las funciones del Estado, la organización legal, los derechos laborales, la formación profesional, la asistencia social y los seguros sociales, la administración de justicia y la administración pública. Llegaremos a algo y nos encontraremos en el camino.


(19/10/2015)

 

 

La opinión del autor no coincide con la de Jornal de Arequipa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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