Viraje
ineludible
César Lévano
El paro nacional (del 9 de
julio)
ha resultado, en más de un sentido, una gran prueba. En primer lugar, porque
demostró la amplitud e intensidad del descontento y las demandas del pueblo.
Además, porque reveló que los ciudadanos no se dejaron amedrentar o desviar por
amenazas, bravatas y despliegue de fuerzas.
Claro que Jorge del Castillo puede afirmar que el paro fue un fracaso. No hay
peor ciego que el que no quiere ver.
La gran verdad es lo que millones de peruanos han visto en las pantallas de
televisión: cientos de miles, a lo largo y ancho de la patria, marchando
pacíficamente para exigir un cambio de rumbo en la política y la economía.
Algunos críticos han querido caricaturizar la gran movilización aduciendo que se
trata no de uno, sino de varios paros. Es un elogio del vicio de la virtud. En
efecto, el país se ha manifestado por diversos motivos, con objetivos distintos.
Pero, precisamente, eso muestra una vasta confluencia.
En el paro han participado trabajadores de la industria y de construcción civil
que reclaman aumento de sueldos y salarios; campesinos del ande que rechazan las
amenazas subsistentes contra las comunidades de la sierra y la selva;
agricultores que padecen la amenaza del TLC con Estados Unidos; maestros,
docentes y alumnos universitarios; ciudadanos de Ayacucho que exigen la
expulsión de militares yanquis.
Los portuarios que participaron en el paro precisaron que ellos, como la mayoría
del país, condenan la intención de entregar los grandes puertos al capital
extranjero, chileno en particular.
En suma, el rechazo masivo ha sido contra una política que privilegia a los
ricos y castiga a los pobres, y que se distingue por una orientación
antinacional, en la política exterior y en la interna.
Los trabajadores petroleros acaban de mostrar los resultados de la privatización
en su sector: baja de la producción, de 113 mil a 70 mil barriles diarios;
despido de 8,500 trabajadores; aumento del precio de los combustibles.
Días antes del paro, el régimen dictó medidas supuestamente sociales. Por
ejemplo, la ley Mype, que “transforma” en pequeñas empresas a las empresas
medianas, que pueden tener hasta cien trabajadores. Con esto, 600 mil
trabajadores de las medianas empresas verán reducidos sus derechos.
Por donde se mire, el paro ha demostrado que hay razones para la protesta y el
reclamo. Ha sido, en efecto, una vibrante encuesta en vivo y en directo.
Frente a la ceguera y soberbia de unos gobernantes que son, ellos sí, un
fracaso, el país ha reiterado su exigencia de cambio. Quizás una vía hacia ese
objetivo sea el restablecimiento de la Constitución de 1979, con las
adecuaciones imprescindibles.
En todo caso, la política gubernamental de hoy conduce al descontento, la
polarización y, por ende, la lucha más enérgica del pueblo en pos de un gran
viraje.