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No
importa la denominación que por circunstancias
variables se le quiera dar, siempre la fecha
del 12 de Octubre de 1492 marcará para toda la
humanidad uno de los acontecimientos
históricos capitales y de una incontrovertible
proyección en el desarrollo contemporáneo.
Pues sin ese “medio mundo” que es nuestro
continente americano sería muy posible que en
la otra mitad del planeta los seres humanos
estuviesen viviendo todavía bajo el
feudalismo.
Al menos, esto nos lo permite pensar lo que
los jóvenes Karl Marx y Friedrich Engels
escribieron al respecto en 1848, casi al
inicio de aquel incomparable Manifiesto del
Partido Comunista que ellos legaron al
proletariado mundial. Allí nos dicen: “El
descubrimiento de América y la
circunnavegación de Africa ofrecieron a la
burguesía en ascenso un nueva campo de
actividad.” Y luego explican:
“La gran industria ha creado el mercado
mundial, ya preparado por el descubrimiento de
América. El mercado mundial aceleró
prodigiosamente el desarrollo del comercio, de
la navegación y de todos los medios de
transporte por tierra. Este desarrollo influyó
a su vez en el auge de la industria, y a
medida que se iban extendiendo la industria,
el comercio, la navegación y los
ferrocarriles, desarrollábase la burguesía,
multiplicando sus capitales y relegando a
segundo término a todas las clases legadas por
la Edad Media.”
Que lo llamen descubrimiento o como quieran,
eso no es lo importante, sino lo que ese hecho
aportó al progreso global de la humanidad
tomada como un todo. Tampoco importa demasiado
que la burguesía, practicante siempre del
individualismo, de ese culto a la personalidad
tan funesto para el pueblo, haya buscado
personificar en un hombre, Cristóbal Colón, un
acontecimiento de tal relevancia. Lo
indispensable es que hagamos un balance
correcto que tome en cuenta sus aspectos
positivos y negativos.
Sin embargo, en este 12 de Octubre voy a
limitarme a una reflexión sobre uno de esos
aspectos negativos que todavía inciden
bastante en nuestros países americanos, como
es el del racismo.
Cuando analizamos el problema que para la
humanidad representan de un modo u otro las
prácticas discriminatorias, vemos que las
basadas en elementos de etnias, sexos y color
de la piel, son las más comunes en todas las
latitudes y desde épocas muy remotas. Nada de
extraño ha sido que los europeos que a partir
de 1492 invadieron este continente nuestro, y
que todavía a través de sus descendientes
mantienen dichos prejuicios, aplicaran a
nuestros indígenas sus ideas racistas.
Pero pienso yo que es una forma equivocada la
de tratar de combatir el racismo aplicando
fórmulas copiadas de Estados Unidos, cuya
sociedad está dividida y subdividida en
estamentos casi equivalentes a castas. Los
yanquis, o sea los anglosajones puros, son la
casta superior, que es seguida por los blancos
descendientes de gentes del sur europeo. Y
vienen luego los llamados latinos, que ahora
se denominan hispanos, a quienes más abajo
siguen los llamados chicanos, o sea de un
origen ya perdido en México, pero todavía más
abajo, al parecer, vienen primero los negros y
después el escaso remanente de población
indígena americana.
Ese mosaico racista lo pretenden copiar acá en
Venezuela -incluso si ellos no se dan cuenta
de esto- quienes hablan de afro-descendientes
y cosas por el estilo. Instigando así
resentimientos raciales que desde nuestra
Revolución de Independencia, a principios del
siglo XIX, habían comenzado a extinguirse poco
a poco. Por algo Simón Bolívar en su asombrosa
Carta de Jamaica, de 1815, ya nos alertaba:
“Nosotros somos un pequeño género humano… (…)
no somos indios, ni europeos…”
Al racismo no lo podemos combatir con un
racismo al revés, ya que solamente acudiendo a
la teoría y práctica del internacionalismo
proletario, propuesto por Marx y Engels hace
ya muchos años, podremos finalmente librarnos
de tan terrible flagelo. |