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Juan
Velasco Alvarado solía decir que hay en la
historia de los pueblos y de las
instituciones, momentos que marcan al mismo
tiempo el principio y el fin de etapas
diferentes. Algunas veces se trata de
episodios visibles, cuya significación es para
todos, desde el primer instante, por su
palpable y evidente magnitud. Otras veces
-añadía- la gravitación de un hecho histórico,
pasa en cierta manera desapercibida, aún para
sus propios gestores.
40 años después del 3 de octubre de 1968, bien
podemos decir que aquel acontecimiento,
constituyó un hito imborrable en el proceso
peruano. Hoy, en efecto, puede hablarse del
Perú “antes de Velasco”, y “después de
Velasco”, dejando constancia que,
independientemente incluso de la valoración de
los cambios que se produjeron en esa etapa, el
gobierno militar del 3 de octubre se empeñó en
una dura lucha por transformar la dura
realidad peruana para hacer avanzar al país en
el escenario de nuestro tiempo.
Juan Velasco fue un hombre del pueblo. Nació
en Castilla, una pequeña aldea de Piura. Y
tuvo una infancia humilde labrada por el
esfuerzo de los suyos en condiciones adversas.
Estudió en una Escuela Fiscal. Y ya
adolescente, se presentó al Cuartel como
voluntario para ingresar en las filas de la
Fuerza Armada. Fue esa su manera de encontrar
un camino para su propia vida pero también,
sin duda, un modo de afirmar su capacidad de
decisión en un país que requiere instituciones
que debe valorar.
Hizo una carrera militar ordinaria, y destacó
como buen soldado y buen oficial. Nunca nadie
lo señaló por malos tratos inferidos a sus
subordinados, ni por abusos en el manejo de la
función castrense. Incluso cuando la
institución armada debió tener presencia
activa en la lucha contra la guerrilla del 65,
nunca nadie lo acusó personalmente de
arbitrariedad alguna. No era un santo, sin
duda, sino un oficial responsable con
conciencia de patria, que amó el uniforme y
que se dispuso a honrarlo, como correspondía
-y corresponde- a quien se precia de lucirlo.
Vivió, y moriría pobre.
A comienzo de los años 60, cuando Velasco era
ya un oficial de alto grado, el Perú vivía una
etapa difícil y compleja. Una oligarquía
envilecida mantenía al Perú bajo el oprobio. Y
a su sombra, campeaba el entreguismo, la
sumisión, el parasitismo y la corrupción. Los
gobernantes de entonces -como los de ahora-
hacían uso de todos los métodos imaginables
para multiplicar sus fortunas enriqueciéndose
vilmente en detrimento de la humillante
miseria de los peruanos.
En el centro de ese desgobierno estaba, sin
duda, al servilismo ante el Poder extranjero
que en el caso concreto se expresaba en el
casi religioso “respeto” a la Internacional
Petroleum Company, la “Mamita Yunai” de
nuestra republiqueta.
Velasco fue suficientemente perspicaz para
entender que por ahí marchaba el escenario
peruano. Que la contradicción entre el Perú y
la IPC era la piedra de toque y el eslabón
fundamental de la cadena de la dominación
imperialista en nuestro país. Que ese era el
dogal que había que romper. Y la única forma
de hacerlo, era a través de la Toma del Poder.
No fue entonces el 3 de octubre el resultado
de un “Golpe de Estado” sino una insurgencia
militar victoriosa marcada por un programa
patriótico y confirmada en los hechos apenas
unas horas más tarde, cuando la voz tronante
del uniformado, anunciaba al país “En este
preciso momento, las fuerzas de la Primera
Región Militar, haciéndose eco del clamor de
la Nación, están ingresando al Campo de Talara
para tomar posesión de todo el complejo
industrial que incluye la refinería; y con la
más alta emoción patriótica hacen flamear el
emblema nacional, como expresión de nuestra
indiscutida soberanía” .
Velasco Alvarado no fue comunista. Ni
siquiera, propiamente, socialista. Fue un
patriota. Un militar nacionalista que sintió
orgullo de su país y vergüenza por el estado
en que se hallaba. Y que decidió actuar seguro
de que podría contar con el respaldo masivo de
peruanos conscientes. Y así fue.
Hubo, naturalmente, quienes ofrecieron
resistencia a los cambios. La dirección del
APRA, liderada por Haya de la Torre, buscó
diversas modalidades para quebrar el proceso y
en buena medida logró infiltrarlo y
debilitarlo. La oligarquía hizo uso de todos
sus recursos para destruir el país antes de
permitir que avanzara. Los líderes
empresariales de entonces encabezaron la fuga
de capitales y el traslado de las empresas
peruanas a Ecuador y otros países donde decían
gozar de “las facilidades” con las que aquí no
contaban. La administración norteamericana
-desde la embajada yanqui hasta la Misión
Militar USA y la CIA- operó en todos los
niveles de la conspiración para derribar al
gobierno, hasta que finalmente logró hacerlo
gracias al “felón”, como llamara Jorge Basadre
a Morales Bermúdez.
Velasco no tenía claro el porvenir del país.
Sabía, sí, que había puesto en marcha un
proceso que caminaría más allá de sus propios
límites. Confiaba, en todo caso, en el
instinto transformador de las mayorías y en el
derrotero de la historia. Su fe, sin embargo,
no resultó suficiente. No podría decirse que
él, no estuvo a la altura de su reto. No se
podría exigir a un hombre que luchó en las
condiciones adversas como él lo hizo, que
actuara mejor, o que hiciera otra cosa. Fue el
escenario adverso, la presión exterior, la
crisis impuesta y la falta de organización y
conciencia popular, lo que impidió consolidar
el proceso, y hacerlo avanzar después.
Los comunistas en ese escenario, cumplimos con
nuestro deber, pero nuestro trabajo fue
insuficiente y defectuoso. Tuvimos el mérito
de situarnos en la trinchera en la que nos
correspondía. Y no hicimos concesión alguna al
imperialismo, a la oligarquía o al APRA. Pero
no logramos tampoco ganar a todo el pueblo,
como resultaba indispensable, para que se
sumara a la lucha.
Por lo que hicimos, hay quienes nos odian
hasta hoy. 40 años más tarde aparecemos en la
lista ridícula de “los rojos que se acomodaron
con Velasco”. No dice el autor de esa lista en
qué consistió el “acomodo”. No podría decirlo.
No tuvimos ningún cargo en el gobierno,
ninguna función remunerada, ningún privilegio.
Estuvimos en la lucha con la voluntad y la
coherencia que siempre nos reconoció el pueblo
y no doblegamos jamás nuestra bandera.
40 años después, podemos decir lo que dijimos
desde los balcones de la Plaza 2 de Mayo la
noche del 9 de abril de 1970: “Nuestra tarea,
la tarea de la clase obrera, es movilizar a
millones de hombres y mujeres de nuestro país
alrededor de la revolución, para hacer avanzar
la revolución. Por que si el pueblo no confía
en la revolución, si el pueblo le niega apoyo
a la Revolución, si el pueblo no está
dispuesto a defender la Revolución, entonces
ella será derrotada. Y nuestra patria se
sumirá, por años de años, por décadas tal vez,
bajo el dominio de la más negra y despiadada
reacción”. Hoy, la vida confirma aquello.
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