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Comprender a Velasco

Antonio Zapata

 

Y a Antonio Zapata
N. de R. Si al gobierno del General Velasco se le considera revolucionario fue por cambiar la tenencia de la tierra. Por la Reforma Agraria, esta fue devuelta a sus legítimos, entiéndase bien legítimos y milenarios, propietarios: los campesinos e indios. La tierra estuvo, hasta entonces, en manos de los expropiadores, los hijos o testaferros de los encomenderos españoles. Y recuérdese que los indios eran propiedad de la hacienda, como la de los Romanville en el Cusco. Lo que señala Zapata como el "gran error" fue el más grande acierto. Si después pasó lo que pasó no fue obra del General Velasco sino de los funcionarios que la sabotearon por dentro. Uno de ellos, José Miguel Rivas Vizcarra, terrateniente lajoyino, Siendo funcionario belaundista, pasó a ser jefe revolucionario (del Sinamos en Arequipa) y después, de nuevo funcionario belaundista: prefecto de Arequipa, amén de Alcalde por Acción Popular en La Joya. Esa fue la tragedia o gran error de Velasco: no haber botado a la burocracia reaccionaria, enquistada en el aparato estatal y no haber depurado de la fuerza armada a la oficialidad felona encabezada por Francisco Morales y Cisneros Vizquerra. Velasco hizo Majes. Véase ahora cómo los capitalistas chilenos se lo están comprando, lo mismo que las haciendas vitivinícolas de Ica y las minas del sur. Ese es el patriotismo cervical del APRA. Un partido que hace 80 años solo ha servido de parachoques al imperialismo.

En estos días se cumple el 40 aniversario del golpe militar dirigido por Juan Velasco Alvarado. Luego, siguieron los siete años del gobierno revolucionario de las FFAA que transformaron profundamente la historia del Perú. Si tuviéramos que elegir los tres regímenes que más cambiaron el rostro del país en el siglo anterior, sin ninguna duda seleccionaríamos a Leguía, Velasco y Fujimori. Compartieron la vocación dictatorial de hacer las cosas de arriba abajo, con mano fuerte y sin contemplaciones.

Sorprende que las democracias hayan sido menos atrevidas y que la voluntad de cambio haya emanado de gobiernos autoritarios. Pareciera que en el Perú del siglo XX, la energía política fue consecuencia del poder vertical y centralizado. Pero, Velasco es distinto. En efecto, tanto Leguía como Fujimori realizaron profundas transformaciones en favor de un sector de la elite económica. En ambos casos, además, los cambios fueron bien vistos por el gobierno norteamericano.

En este sentido, Velasco es singular. Es el único presidente que quiso cambiar el orden social en oposición a los Estados Unidos y al poder económico local. Por ejemplo, Leguía se enfrentó a la vieja oligarquía, pero gozó del apoyo de un grupo alterno de millonarios. Por el contrario, a Velasco no lo quiso nadie en la clase alta. La reforma agraria y las nacionalizaciones de recursos naturales fueron resistidas por todos los poderes establecidos. Por ello, los periodistas de derecha lo odian visceralmente hasta hoy. Es la otra cara de la moneda del miedo que le inspiró a la oligarquía peruana. Estuvieron a punto de perder el país.

Su gobierno estuvo limitado por dos variables principales. Por un lado quiso alcanzar apuradamente al resto de América Latina. A raíz de la crisis mundial de 1930, los grandes países de Latinoamérica emprendieron la industrialización por substitución de importaciones. El Perú no lo hizo. Por el contrario, insistió solitariamente en la exportación de materias primas y al llegar a los sesenta casi no tenía aparato industrial propio. Nos sentíamos retrasados.

Es que en esa época se pensaba que solo la industria podía masificar el empleo para los migrantes que dejaban el campo. Por ello, Velasco quiso alcanzar a los demás a pasos agigantados, sin precaución alguna. En el afán de correr, atropelló a medio mundo y perdió potenciales aliados que le hubieran conferido mayor estabilidad a su proyecto.

En segundo lugar, Velasco tuvo un excesivo afán redistributivo que comprometió su principal medida: la reforma agraria. A la vez que transfirió la propiedad agraria, estabilizó los precios de los productos del campo y los mantuvo retrasados con respecto a los industriales. El agro cambió de manos y se arruinó a continuación. El intercambio desigual con la ciudad lo perdió. El gobierno militar tomó una decisión equivocada. Era una época de fijación de precios por el Estado, no por el mercado. En ese contexto, a los militares se les ocurrió que los campesinos debían sacrificar algo en favor de los trabajadores de la ciudad, que no habían recibido ningún bien semejante a la propiedad agraria. Esa compensación consistía en alimentos baratos.

Por ello, los productos provenientes del campo vieron estancados sus precios mientras que los urbanos se dispararon. El resultado fue funesto: el campo se empobreció y la reforma agraria lejos de brindar prosperidad trajo un enorme retraso material y tecnológico. No hubo reinversión, sino fuga masiva de capitales y talentos.

Estos dos procesos fueron de la mano con el mencionado autoritarismo que Velasco compartió con Leguía y Fujimori. Ese verticalismo es la causa de fondo de yerros políticos que estorbaron sus propias iniciativas. En los temas que hemos revisado, Velasco se perdió a sí mismo. La explicación es que no escuchaba ni tomaba en cuenta la opinión de los demás.

El poder político, en general, actúa con una dosis de autismo. Pero, en las dictaduras abiertas o encubiertas, el autismo aumenta a grados inverosímiles. Así, este tipo de gobiernos acaba cometiendo yerros que desmoronan sus proyectos. Por ejemplo, Fujimori fue por su tercer periodo gracias a una segunda reelección fraudulenta y ahora está preso. Si se hubiera ido el 2000, quizá ya estaría regresando. Así también Velasco erró en los procedimientos de la reforma agraria y con ello comprometió su puesto en la historia nacional.

 

Correspondencia epistolar entre dos militares velasquistas

 

   

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